REAL MADRID
La terapia del limón imaginario: cuando Benito Floro contrató por primera vez un psicólogo para el Real Madrid
En octubre de 1992, el asturiano fichó a Emilio Cidad, quien junto a su sucesor Emilio Lamparero, se convirtieron en los pioneros de la psicología en el club blanco, que acogió con escepticismo su llegada

Benito Floro, entrenador del Real Madrid, durante la temporada 1992/1993, cuando introdujo la figura del psicólogo en el 'staff' blanco. / RICARDO GROBAS

La salud mental ha pasado de ser, en apenas unos años, un tabú a un concepto integrado en el día a día de los jugadores. Bien como figura integrada en los 'staff' o mediante el trabajo individual y personalizado, los psicólogos son profesionales directamente implicados en el rendimiento. El ajuste de expectativas, el liderazgo o la resiliencia frente a los contratiempos son aspectos integrados en las rutinas. Sin embargo, hubo un tiempo, como en la sociedad en general, donde la figura del psicólogo era ajena y se asociaba con prejuicios. Quiso derribarlos Benito Floro en el Real Madrid en 1992.
El asturiano siempre había estado interesado en ver más allá de lo físico. Por eso, decidió contratar para el Albacete a Emilio Lamparero, un profesional de la psicología que terminaría siendo clave en la temporada 1991/1992, que fue el debut del equipo manchego en la élite. El resultado no pudo ser mejor. El 'Queso Mecánico' se quedó a las puertas de jugar en Europa después de una fantástica campaña. Lamparero no sacó la varita y cambió el sentir de la plantilla, pero sí logró controlar el estrés que suponía para muchos la novedad de estar compitiendo en lo más alto del fútbol español.
Del escepticismo de Prosinecki a la colaboración de Butragueño
El psicólogo deportivo del Albacete, tal y como relató en una entrevista con 'Relevo', empezó su formación a través de lecturas. Se fijó en el rendimiento de los deportistas soviéticos, pioneros a la hora de tratar el deporte como un reto mental. Lamparero sabía que su llegada iba a resultar un 'shock', consciente de que ir al psicólogo era, en aquellos tiempos -todavía se mantienen complejos hoy-, el equivalente a estar "loco". Una palabra utilizada con ligereza que era una etiqueta difícil de despegar. A través de la respiración y distintos ejercicios encontró la fórmula de inculcar su método.
Lamparero fue una figura clave en el Albacete que, con Benito Floro al mando, pasó de Segunda B a Primera en tres años. Su fichaje vino avalado por Pepe Portolés, preparador físico que defendía la sofrología, una disciplina centrada en la armonía entre cuerpo y mente, que combina elementos como la relajación muscular, la respiración consciente o la visualización positiva. Todo lo que hoy entra en el 'mindfulness' que incorporan hasta los dispositivos electrónicos que usamos a diario. Lamparero tenía varios cursos en esta especialidad, por lo que tuvo un encaje ideal.
No acompañó en un principio a Floro en su etapa en el Real Madrid, pero recomendó a Emilio Cidad en su lugar. Un perfil que provenía del ámbito universitario. La prensa se tomó con escepticismo su fichaje, componiendo todo tipo de titulares ácidos, como "¡Y ahora, un psicólogo!". El equipo blanco venía de firmar un año sin títulos de la mano de Radomir Antic y Leo Beenhakker. Uno de los primeros métodos utilizados por Cidad salió a la luz pública, después de que varios madridistas como Prosinecki criticasen esta incorporación.
El primer psicólogo del Real Madrid hizo saborear un limón imaginario a la plantilla. Lo que buscaba era trabajar la visualización, para que los jugadores fuesen capaz de ligar la mente del cuerpo y lograsen proyectarse. Un ejercicio de memoria emotiva que causó buena impresión en el núcleo que abanderaban Butragueño, Sanchís o Míchel. Lo sucedido contra el Tenerife al final de la 1991/1992, cuando perdió la Liga en el Heliodoro, demostró que el Madrid que presidía Ramón Mendoza estaba lejos de la resiliencia esperada. El drama blanco se repetiría al año siguiente.
La bronca de Floro para la que no hubo terapia
Con todo, Cidad acabó saliendo, aludiendo incompatibilidad profesional con sus otras labores. Así fue cómo volvió el tándem Lamparero-Floro. El primero logró que hasta el citado jugador croata, inadaptado en todos los sentidos, creyese en sus métodos, llegando a pedirle un instrumento para controlar la ansiedad en casa. Los jugadores querían privatizar sus debilidades, como si mostrarse en público les fuese a provocar una crisis de identidad y liderazgo que no eran compatibles con su rol de futbolista profesional.
Sin embargo, en el día a día, Lamparero tuvo un mejor encaje con la cantera. De la mano de Rafa Benítez sí pudo desarrollar más terapias que en el primer equipo solo fueron posibles en casos individuales como el del 'Buitre'. Otros coetáneos como Gregorio Manzano, psicólogo titulado, intentaron a la par que Floro que el cuidado de la salud mental se normalizase en el fútbol, un deporte en el que, a pesar del avance, este trabajo sigue estando por detrás del de otras modalidades. El jiennense vendó los ojos a media plantilla del Rayo para intentar aislarlos de una catastrófica racha.
La medida fue interpretada un reflejo de la ceguera que sufría el equipo, cuando la realidad es que Manzano buscaba que cada jugador ejerciese de lazarillo de un compañero, para reafirmar la confianza y cohesión del grupo. Algo que no consiguió Benito Floro, quien fue despedido después de caer ante el Lleida y protagonizar una bronca radiografiada por 'El Día Después' que hoy necesitaría lectura de labios. "Me cago en Dios! ¿Cómo puede hacer un jugador del Real Madrid eso? Un equipo que el año pasado estaba en Segunda B, Segunda A, ¡con el pito nos los follamos, con el pito! ¡Dios! ¿No os da vergüenza?", concluyó un censurable rapapolvo donde no hubo ni sofrología ni visualización ni terapia.
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