Opinión

Redactora de la sección Barça
Patri Guijarro es una victoria personal

Patri Guijarro en la Eurocopa / RFEF
Hay futbolistas que aparecen. Y hay futbolistas que sostienen. Patri Guijarro pertenece a esa segunda estirpe, la de las que no necesitan luces para brillar. Lleva años rindiendo al nivel más alto posible, pero sin hacer ruido, sin exigir nada. Le basta con saber que está haciendo lo correcto. Juega para el fútbol y no para los focos.
Cuando terminó el España-Suiza de cuartos de final de la Eurocopa, mientras esperábamos en la zona mixta, todos los periodistas hablaban de ella. No le dieron el MVP —fue para Aitana, merecidísimo también—, pero el runrún era unánime: “el partido de Patri es una barbaridad”. Y lo sentí como algo propio. Como una victoria personal. Como si al fin el mundo la estuviera viendo. Porque también me dijeron un ‘She’s so fucking amazing’ que me hizo especial ilusión: sinceramente, pensaba que no sabían que existía.
Patri es regularidad absoluta. Siempre está. Siempre bien. Si fuese una nota, sería un sobresaliente constante. Nunca baja. Nunca desentona. Tiene esa rara virtud de hacer fácil lo difícil y de convertir cada partido en una clase magistral de cómo entender el juego. Te fijas solo en ella, y es un espectáculo silencioso: recupera, filtra, conecta, ordena, dirige, presiona, lidera, centra, pasa y dispara. Todo bien. Siempre bien. Es la base del equipo, el metrónomo, la brújula, la bisagra entre la defensa y el ataque. Sin ella, muchas cosas no pasarían. Lo mejor es que solo tiene 27 años y en cada temporada se supera.
Vicky López lo definió así: “Es fácil y complicado jugar con Patri. Ve pases que solo existen en su cabeza. No da pases cómodos. Por eso tiene esa precisión: da pases con sentido. Es la base del equipo, la que mueve todo, la que hace que todas juguemos bien y demos nuestro máximo rendimiento. Si te fijas solo en ella, te salta la sonrisa”. No es casualidad que la mejor España haya llegado con su regreso.
Cuando entrevisto a una jugadora por primera vez le pregunto, desde hace años, qué otra futbolista le gustaría ser por un día. Todas, absolutamente todas —y la primera de ellas fue Alexia, en marzo de 2021—, dicen que Patri Guijarro. Tampoco es casualidad. Ni que sea la que todo entrenador desearía para su equipo. Ni que Sydney Schertenleib, compañera en el Barça pero rival en la Eurocopa, se cambiara la camiseta con ella y dijera que era su ídola. Y no es solo lo que hace en el campo. En el vestuario también es engranaje: une generaciones, conecta grupos, equilibra. Jana y Vicky no paran de vacilarla. Y ya se sabe: solo se vacila a quien se quiere mucho.
Patri es caviar para quien entiende de esto. Y aún así es la jugadora más infravalorada del mundo. Pero a ella le da igual. Juega igual con o sin reconocimiento. Aunque ojalá por una vez esté en el podio del Balón de Oro. No sería un premio individual. Sería justicia poética. Y, para quienes la admiramos en silencio desde hace años, que se empiece a hablar de ello en voz alta es un poco eso, una victoria personal
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