Opinión

Director.
Lamine Yamal y el orgullo de sentirse musulmán, catalán, español y del Barça

Lamine Yamal en el RCDE Stadium durante el partido amistoso entre las selecciones de España y Egipto. Fotografía de Jordi Cotrina / JORDI COTRINA / EPC
Lo del partido de España no fue una gamberrada ni la salida de tono de cuatro descerebrados. Fue una exhibición de odio. Racismo e islamofobia, sin matices y sin excusas. Y ya va siendo hora de dejar de disfrazar de “ambiente de fútbol” lo que no es más que la vieja basura ultra utilizando un estadio como altavoz.
Si el objetivo de esos radicales era demostrar hasta dónde están dispuestos a llegar, lo consiguieron. Han ensuciado la imagen de España, la de la selección y la de Catalunya. Porque cuando una minoría convierte una grada en escaparate de consignas xenófobas, el daño no se queda en el campo: trasciende, avergüenza y nos retrata ante todo el mundo.
Lo más repugnante no es solo el insulto, sino lo que encierran las ofensas que se gritaron. Señalar a alguien por su religión, por sus orígenes o por su identidad es, como dijo Lamine Yamal, una falta de respeto y algo intolerable. Eso no es calentar un partido. Eso es odio. Odio político, cultural y racial. Y quien lo minimiza, lo justifica o lo blanquea se convierte en colaborador moral de esa degradación.
Lamine Yamal, con más dignidad que todos esos energúmenos juntos y aun conocedor de que él no era el objetivo, respondió como debía: “Usar la religión como burla en un campo de fútbol os deja como personas ignorantes y racistas”. No se puede decir mejor. Lamine es musulmán, español, catalán y del Barça. Y se siente orgulloso de las cuatro.
Los Mossos d’Esquadra ya han abierto una investigación de oficio y la Conselleria d’Esports de la Generalitat trabaja a fondo para frenar el crecimiento de estos grupos radicales. Bien. Esperemos que lo sigan haciendo con rapidez, firmeza y sin complejos. Lo ocurrido no fue un incidente aislado, sino una señal de alarma.
Y es que no fueron simples insultos. Fue odio en estado puro. El fútbol no puede ser refugio de fanáticos ni altavoz de ideas fascistas. Ante eso, no cabe tibieza: toca plantarse.
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