Opinión
Demencias y dementes

Ronald Araujo, en Stamford Bridge / Valentí Enrich
Hay demencias silenciosas y dementes estruendosos. Lo de Ronald Araujo pertenece a la primera categoría: la zozobra íntima, la que no distingue salarios ni escudos. Saben que futbolísticamente he sido muy crítico con el uruguayo. Hoy rompo una lanza en su favor. Con las enfermedades mentales no se juega. Hay que atenderla con respeto y cautela.
Depresión no es debilidad: es una tormenta sin parte meteorológico. Se entra sin saberlo, se sale con terapia y tiempo. El que haga falta. La baja del deportista ha vuelto a recordarnos que la mente no entiende de cláusulas millonarias, ni de estadísticas deportivas. La psique es un órgano tan frágil como irreverente: se desploma cuando quiere, sin aviso, sin pedir permiso. Quebrar y reconocerlo es el primer paso.
Araujo no es un caso extraño: es el espejo incómodo de algo que preferimos no ver. Que habitualmente se esconde por no querer hacerlo público. El futbolista convertido en gladiador emocional, obligado a fingir invulnerabilidad incluso cuando por dentro se le descosen las costuras. Y, sin embargo, es tan humana como el cansancio, tan legítima como una lesión muscular. Lo mínimo, también, es silencio cuando no sabemos qué decir. Silencio absoluto e intimidad. Cerrar filas hasta que él decida volver.
Y luego están los dementes de vocación, los que hacen oposiciones al disparate. Los payasos que actúan fuera del circo. Gianni Infantino es un eterno peregrino del poder: ayer estrechaba manos en Qatar, como hizo antes en Rusia, hoy en Estados Unidos. Un hombre capaz de convertir cualquier relación institucional en un ejercicio de contorsionismo moral. Siempre con la misma sonrisa de celofán, con esa pinta de Mr. Proper enjuto. Ajeno a su ridículo planetario, no divisa verse a sí mismo frente al espejo. El poderoso fútbol en manos de un 'abrazafarolas' que es un hazmerreír global, en versión ejecutiva, enamorado de codearse con el poder político.
Su obra maestra, su pináculo de la insensatez, es esa ocurrencia lisérgica de diseñar un “pseudo premio de la paz” para rendírselo a Donald Trump en el acto del sorteo de un Mundial. Requiere un nivel de desvarío que va más allá de la torpeza. Lo llamativo no es ya su inclinación natural hacia los regímenes discutibles, sino la capacidad infinita de defender disparates diplomáticos. Su última genialidad requiere un nivel de infortunio que va más allá de la torpeza.
Entre las demencias que se sufren y los dementes que se exhiben, el fútbol se revela como un mapa sentimental del mundo: un territorio donde coexisten la fragilidad real y la locura performativa. A los primeros, los que batallan en silencio, conviene ofrecerles compasión y espacio. A los segundos, los que gritan desde los despachos, solo les corresponde tratar de desbancarlos y, si es posible, ofrecerles una dosis mínima de atención. Porque no toda fragilidad es derrota. Y no todo poder es cordura. El mundo del balón, como la vida, siempre ha tenido dementes y demencias.
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