Opinión

Redactora de la sección Barça
El bajonazo tras la euforia

La selección española se clasifica para las semifinales de la Eurocopa / RFEF
Pasó la Eurocopa de Suiza, pasaron los goles, las audiencias millonarias y las emociones a flor de piel. Pasó el torneo de los récords, el del espectáculo, el del fútbol de verdad. Y ahora, como quien se despierta de un sueño glorioso, llega el bajonazo. España vuelve a su rutina y el fútbol femenino también. O peor: vuelve a su incertidumbre. A su jungla de derechos audiovisuales, suscripciones imposibles y promesas por confirmar.
A falta de un mes para que arranque la Liga F, solo hay garantizado un partido por semana en abierto. El resto, como el horóscopo: puede que sí, puede que no. DAZN contesta en redes con frases que parecen escritas por un oráculo: “La Liga F aún está pendiente de confirmación tanto para nuestras suscripciones FUTBOL como PRO”. No puede decir mucho más.
Mientras tanto, la Euro rompía moldes. Los estadios se llenaron en todos los partidos. Se batió el récord de la mejor asistencia histórica acumulada de la competición. La semifinal contra Alemania lideró el día en RTVE con 3,3 millones de espectadores y un 32% de cuota. La prórroga superó los 4,3 millones y la final contra Inglaterra fue aún más allá: 4,1 millones, 42% de share, con los penaltis coronándose con un 58% y más de 6 millones de seguidores. Y eso sin contar bares, plazas, fan zones ni gritos compartidos. Fue una fiesta nacional. Como lo fue el Mundial de 2023 -aunque esta vez más, sobre todo por la diferencia horaria con Australia y Nueva Zelanda-. Como lo son todos los momentos en que el fútbol femenino es tratado con el respeto y la seriedad que merece.

Cata Coll celebra con Sullastres el pase a la final de la Eurocopa / RFEF
Porque no es magia. Es planificación. Son horarios lógicos —21h y alguno a las 18h—, televisiones públicas emitiendo en abierto, campañas de comunicación que no dan vergüenza ajena y, claro, un producto competitivo. La Eurocopa ha demostrado que el fútbol femenino engancha. Que si lo pones fácil, la gente se queda. Que si lo haces bien, el público responde. Que no hace falta “obligar” a nadie a verlo. Solo hay que dejar que exista, que sea visible, que se pueda disfrutar sin tener que hacer un máster en plataformas digitales.
Pero otra vez, como ya pasó tras el Mundial, nos acercamos al precipicio. El del “y ahora qué”. El de no saber dónde ni cómo seguir viendo las competiciones nacionales. El de la sensación constante de que todo se hace tarde y mal. El del cortoplacismo que tanto daño ha hecho al deporte femenino en general.
La Euro de Suiza debería ser un punto de inflexión. No solo para organizar mejores torneos —el Mundial 2027 será en Brasil, y la sede de la Euro 2029 se desvelará en diciembre—, sino para no volver a tropezar con la piedra de siempre: la de no saber cuidar lo que se ha ganado. España está preparada. La audiencia también. Solo falta que los que mandan, lo entiendan. Y que esta vez, de verdad, no lo dejen caer
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