Vigilancia espacial
Así funciona la flota de satélites para frenar el cambio climático
La ESA y la NASA mantienen en órbita múltiples naves para supervisar la salud de nuestro planeta

Familia de satélites Sentinel del programa Copernicus de la ESA / ESA
Para frenar el cambio climático que amenaza la vida en el planeta es necesario tener información fidedigna y suficiente que permita monitorizar de forma constante la evolución del problema a lo largo del tiempo. La clave para obtener esa información está a cientos o miles de kilómetros de altura. Solo desde esas cotas es posible observar con precisión cómo avanzan las extensiones de terreno asoladas por la sequía, cuánta superficie acaba arrasada por incendios voraces, cómo los glaciares se derriten o, estrechamente relacionado con esto, cómo sube sin freno el nivel del mar. Desde hace no muchos años, de ello se encarga una auténtica constelación de satélites vigilados por un batallón de científicos que se nutre de sus conocimientos a ras de suelo.

Sala de control de la misión Copernicus / ESA
En el Viejo Continente, este potencial se empezó a explotar hace apenas tres décadas. Los pioneros tienen nombre y apellidos: ERS-1 y ERS-2, dos artefactos que se lanzaron al espacio en 1991 y 1995, respectivamente. «Estas dos misiones sentaron las bases para el desarrollo de un gran número de técnicas de observación de la Tierra», afirman desde la Agencia Espacial Europea (ESA). Ello ha sido posible gracias a los datos de alta calidad que han estado transmitiendo durante 20 años sobre el estado de la atmósfera, los océanos, las extensiones de hielo y de la propia tierra firme. Aunque ninguno de ellos se encuentre actualmente operativo (la misión finalizó en 2011), el archivo de información que generó sigue teniendo un valor incalculable.
En última instancia, el objetivo de todos estos proyectos es mejorar la vida aquí abajo
En última instancia, el objetivo de estos proyectos (y de todos los que llegaron después) era mejorar la vida aquí abajo, un fin más que logrado. La propia ESA detalla algunas de las aplicaciones mundanas que han nacido a partir de investigaciones desarrolladas fuera de la atmósfera.

Los satélites permiten seguir y monitorizar todo tipo de eventos naturales / NASA
«Los sistemas basados en satélites están ayudando a reducir las emisiones de dióxido de carbono de los vehículos, las tecnologías de teledetección permiten que los generadores eólicos sean más eficientes y el conocimiento generado por satélites meteorológicos ayuda a que los paneles solares produzcan más energía», detallan. Esto se ha materializado gracias a su Programa de Transferencia de Tecnología y a sus Centros de Incubación de Empresas.
El programa Copernicus
Actualmente, la ESA se encarga de coordinar los datos de decenas de satélites, un conocimiento que confluye en un nombre propio: Copernicus, que gestiona la Comisión Europea. Antiguamente conocido como el programa para la Vigilancia Mundial del Medio Ambiente y la Seguridad (GMES), se trata del plan más ambicioso de todos los adoptados por la ESA y en él participan muchos de los estados miembros de la UE. Sus ‘corresponsales’ en el espacio son la familia de satélites Sentinel, que están operativos desde 2014. El objetivo es que antes de 2030 haya cerca de 20 artefactos en órbita.
Copernicus tiene seis líneas de actuación: vigilancia atmosférica, vigilancia marina y terrestre, cambio climático, seguridad y emergencias
Copernicus tiene seis líneas de actuación: vigilancia atmosférica, vigilancia marina, vigilancia terrestre, cambio climático, seguridad y emergencias. La utilidad de los datos que gestionan va desde la gestión de zonas urbanas hasta la planificación local, pasando por la movilidad, la pesca o la agricultura. Pese a que tiene el sello europeo, la información que proporciona abarca todo el mundo. Y se ofrece de manera gratuita sin importar las fronteras.
Prevención de catástrofes
Para poner en valor su relevancia basta con saber cómo funciona el sistema de emergencias, que incluye un componente de alerta temprana. Este se divide en tres campos: inundaciones (avisa de posibles problemas con hasta 10 días de antelación), incendios forestales y sequía, tres de los efectos más sangrantes del cambio climático. Esta maquinaria se pone en pleno funcionamiento en situaciones catastróficas. Es lo que ocurrió tras la DANA de Valencia: apenas dos días después, cuando docenas de pueblos a orillas del Mediterráneo estaban anegados de barro, el servicio Copernicus ya suministró datos y mapas que mostraban el devastador alcance de las riadas.

El satélite EarthCare para prevenir catástrofes / ESA
Aunque puede ser el más relevante, los esfuerzos de la ESA no se centran solo en Copernicus. Hay otros muchos satélites independientes que estudian los efectos del calentamiento global. Uno de ellos es el que trabaja en la misión EarthCARE, una de las más complejas que se ha puesta en marcha hasta la fecha. Cuenta con una financiación de 800 millones de euros y se encuentra operativa desde hace apenas un año para mejorar la comprensión de las interacciones entre las nubes, los aerosoles (partículas en suspensión) y la radiación dentro de la atmósfera terrestre. Todo con la vista puesta en predecir el clima y, por ello, anticiparse a todo lo que está por venir.
En cuestiones del espacio, la NASA siempre va por delante. Y no se ha quedado atrás en lo que se refiere a cuestiones medioambientales. Aunque está por ver el futuro de estos programas tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca (reconocido negacionista del cambio climático, ya ha amenazado con recortar a la mitad el presupuesto para las iniciativas científicas de la agencia espacial estadounidense), por el momento sus expertos siguen centrados en los proyectos que tienen en marcha. Aunque la lista es muy extensa, cabe mencionar la misión PACE, que recoge información de los organismos microscópicos que habitan en el agua y de las partículas que flotan en el aire. También permite seguir la distribución del fitoplancton, clave en el ciclo del carbono por su capacidad para absorber CO2.

Misión PACE de la NASA / NASA
Otro ejemplo de todo lo que está en marcha a lo largo del planeta es la misión MethaneSat, desarrollado por la organización sin ánimo de lucro Environmental Defense Fund en colaboración con la Agencia Espacial Neozelandesa. Sus satélites están configurados para localizar fugas de metano causadas por operaciones petrolíferas y de gas y para medir sus efectos. Este gas tiene una capacidad de calentamiento de la atmósfera superior incluso al CO2, al menos a medio plazo, de varias décadas.
En España: Constelación Atlántica
Mientras, en España las autoridades se esfuerzan para que la industria nacional se aproveche de este impulso. El último intento ya tiene nombre: Constelación Atlántica. Se trata de un proyecto conjunto con Portugal para la monitorización de la Tierra. El plan es que esté formada por 16 satélites, ocho de cada país, que trabajen mano a mano con los de Copernicus. Estos aportarán información vital para la gestión del territorio y la producción sostenible de alimentos y contribuirán a garantizar la seguridad por medio de la vigilancia marítima y de fronteras.
«Es una herramienta para mejorar nuestra capacidad de anticiparnos, prevenir y resolver desafíos como el cambio climático», explicó la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, en el acto de presentación del programa.
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ENTREVISTA. Isabel Caballero. Investigadora del ICMAN-CSIC
"La resolución de los satélites ha cambiado la investigación costera"

isabel Caballero, investigadora del ICMAN-CSIC / CSIC
Isabel Caballero es investigadora del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC). Para desarrollar su trabajo, que podría resumirse diciendo que es vigilar las costas, se vale de herramientas que están muchos kilómetros por encima del nivel del mar.
-¿Qué proyectos relacionados con satélites tienen en marcha en el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía?
-Buscamos la monitorización del cambio climático, saber el impacto que tienen algunos eventos o procesos asociados a este fenómeno global. Sobre todo, en las costas. Son zonas muy complejas, muy sensibles, muy vulnerables y, por su heterogeneidad y dinamismo, es necesario tener información fidedigna, robusta, precisa y de una escala temporal adecuada para estudiarlas. Para ello utilizamos datos de los satélites Sentinel.
-Forman parte del programa Copernicus.
-Tiene seis servicios de vigilancia. Nosotros buscamos mirar al detalle, para lo que usamos datos del Sentinel-2. Su cobertura temporal en nuestras latitudes es de cinco días y sus satélites fueron diseñados para estudios terrestres, de vegetación, incendios, bosques, agricultura o urbanismo. Pero también dan información de las costas con una resolución de diez metros, lo que ha cambiado el paradigma de su estudio. Es un giro radical, antes no teníamos información fiable con ese detalle. Son sensores públicos y gratuitos que ha puesto a punto la Agencia Espacial Europea.
-Por ejemplo, trabajan en la cartografía del fondo.
-Sí, de esas zonas entre 0 y 30 metros, muy someras, que son difíciles de monitorizar con datos ‘in situ’. Por ejemplo, sería muy costoso a nivel logístico y humano hacerlo con sónar a bordo de barcos. Estamos trabajando para saber a qué profundidad está el fondo y su forma. Pero no solo eso, también de qué tipo es. También podría hablar del proyecto de monitorización de la Posidonia oceanica en el Mediterráneo, que es un diamante en bruto. O de las microalgas, que están poniendo en jaque actividades tan cruciales como el turismo, la pesca o la acuicultura. Para ello usamos una flota de drones.
-¿Sería posible su trabajo sin estos satélites?
-Los científicos siempre buscamos la manera de encontrar respuestas porque, si no tenemos datos, no podemos saber qué está pasando en nuestras costas y mares. Estos satélites no existían antes de 2015 y ya se había hecho mucho trabajo. Pero es verdad que su resolución temporal, espacial, radiométrica y el hecho de que sean públicos y gratuitos y que todo el mundo pueda tener su información ha cambiado el paradigma de la investigación costera. En zonas tan heterogéneas es necesario un satélite que pueda discernir al detalle qué está pasando. Hay sensores de la ESA y la NASA que pueden dar un parte diario sobre qué sucede en cada sección del océano. Sin ellos no podríamos hacer muchas cosas.
Vía: Información
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