TENIS
El día que Federer lloró en una pista tras perder el Open de Australia contra Nadal en 2009
Una final histórica, lágrimas inéditas de uno de los mejores tenistas de la historia y el primer Grand Slam de Rafa Nadal en Melbourne

El español Rafael Nadal recibe su trofeo ante el suizo Roger Federer, que no pudo contener el llanto durante la premiación de la final / EFE
El 1 de febrero de 2009, la Rod Laver Arena fue testigo de una escena que nadie esperaba ver: Roger Federer llorando en público, roto, incapaz de contener la emoción tras una derrota. Al otro lado de la red estaba Rafael Nadal, que acababa de conquistar por primera vez el Open de Australia y de dar un golpe definitivo a una de las rivalidades más grandes de la historia del deporte.
Era la séptima final de Grand Slam entre ambos y la primera en Melbourne. Federer llegaba como número uno del mundo, campeón defensor y dueño del torneo. Nadal, ya rey indiscutible de la tierra y reciente vencedor en Wimbledon 2008, quería demostrar que también podía dominar en pista dura. Nadie imaginaba que aquella final se convertiría en una de las más emocionales jamás disputadas.
El partido fue una montaña rusa desde el inicio. Nadal golpeó primero y se llevó el primer set. Federer reaccionó con su tenis elegante y preciso, dominó el segundo y volvió a mandar en el tercero, empujando al español al límite. Durante muchos minutos, pareció que el suizo impondría su jerarquía. Pero Rafa no se movió ni un centímetro de su guion: correr, resistir, devolver una bola más.
El cuarto set fue el punto de inflexión. Nadal lo ganó con autoridad y forzó un quinto parcial que elevó la tensión al máximo. Cada punto pesaba toneladas. Cada error se pagaba caro. Federer atacaba buscando cerrar rápido; Nadal defendía como si la pista fuera infinita. El mallorquín terminó imponiéndose tras más de cuatro horas de batalla, cayendo de espaldas sobre la pista azul de Melbourne, consciente de que acababa de escribir una página histórica.
Lo que vino después fue aún más impactante. Durante la ceremonia de premios, Federer tomó el micrófono y, de repente, se quebró. Las lágrimas comenzaron a caer mientras intentaba hablar. "Dios, esto me está matando", dijo entre sollozos, antes de disculparse ante el público.
Era la imagen menos habitual del tenista más dominante de la era moderna: vulnerable, humano, superado por la emoción.

Roger Federer llorando durante la ceremonia de entrega de trofeos / EFE
Nadal, todavía sudoroso, escuchaba desde su sitio. Cuando le tocó hablar, dejó una de las declaraciones más recordadas de su carrera. Miró a Federer y, con voz firme pero empática, le dijo: "Lo siento por ti, Roger, de verdad. Sé lo duro que es esto, pero te mereces todo lo que tienes y mucho más. Para mí ha sido un honor jugar contra ti". El estadio estalló en aplausos. No era solo una final: era una lección de deportividad.
Nadal abrió el camino español
Aquel título convirtió a Nadal en el primer español en ganar el Open de Australia y confirmó que su tenis estaba preparado para cualquier superficie. También marcó un punto de inflexión psicológico. Federer perdió una final que creía suya; Nadal ganó un torneo que siempre se le había resistido. El equilibrio de poder empezaba a cambiar.

Nadal, tumbado en la pista del Rod Laver Arena / EFE
Con el paso de los años, aquella imagen de Federer llorando y Nadal consolándolo se ha convertido en un símbolo. No solo de una rivalidad legendaria, sino de una época irrepetible del tenis. Una final que no se recuerda solo por el nivel, sino por lo que transmitió: respeto, dolor, grandeza y humanidad.
Para los aficionados españoles, Melbourne 2009 es mucho más que un trofeo. Es el día en que Nadal conquistó Australia y, sin saberlo, también conquistó el corazón de un rival eterno.
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