Así es el día a día de los musulmanes del Real Oviedo durante el Ramadán: "suhoor", mucho descanso y demasiados geles con cafeína
Lamine Gueye, centrocampista del Vetusta que también cumple el ayuno, lo explica junto a su compañero Yahaya: "Nos despertamos a las 5 o 6 de la mañana para comer y es la última vez que lo hacemos hasta el día siguiente"

Así fue el partido entre el Real Oviedo y el Espanyol / Carlos Gil-Roig / FC9
Joaquín Alonso
El pasado lunes, ante el Espanyol, Chaira y Hassan arrancaron desde el banquillo. El partido se jugaba a las 21:00 horas, momento en el que los dos centrocampistas del Oviedo, titulares habituales en el esquema de Almada, acababan de romper el ayuno. Llevaban todo el día en ayunas. El técnico los reservó para la segunda parte, cuando el cuerpo ya hubiera recibido agua y alimento suficiente.
Durante el Ramadán, el mes sagrado del islam, millones de creyentes ayunan desde el amanecer hasta la puesta de sol. No comen, no beben y reorganizan por completo su rutina. En el fútbol de élite, eso obliga a ajustar horarios, cargas físicas y estrategias de alimentación para sostener el rendimiento en plena competición. El Oviedo convive este año con esa realidad. Además de Chaira y Hassan, también Rahim, aunque sin los minutos de los otros dos, observa el ayuno.
El día empieza mucho antes de lo habitual. Quien practica el Ramadán se levanta de madrugada para realizar el "suhoor", la primera comida antes del inicio del ayuno. No es una cena tardía ni un desayuno corriente: debe aportar energía de liberación lenta, líquidos y sales minerales suficientes para aguantar todo el día sin poder beber, incluso si hay entrenamiento o partido. Lamine Gueye, centrocampista del Vetusta que también cumple el ayuno, lo explica junto a su compañero Yahaya. "Nos despertamos a las 5 o 6 de la mañana para comer y es la última vez que lo hacemos hasta el día siguiente", cuenta.
Después del suhoor, muchos jugadores intentan volver a dormir para compensar la interrupción. Pero el descanso queda fragmentado. El sueño, pieza fundamental en la recuperación de cualquier deportista, se ve alterado durante todo el mes. El despertar anticipado, unido a cenas más tardías de lo habitual, obliga a buscar pausas adicionales durante el día. La siesta pasa de ser un complemento a convertirse en parte del plan de recuperación.
A partir del amanecer comienza el "sawm", el ayuno. Desde ese momento, el futbolista entra en una franja delicada. En condiciones normales, un profesional se hidrata de forma constante y fracciona la ingesta según la carga de trabajo. Durante el Ramadán esa lógica desaparece. Gueye cuenta lo duro que es. “Los entrenamientos se hacen complicados. De hecho, cuando acabamos, nos vamos a casa a descansar el resto del día", dice.
Los clubes que conviven con esta realidad adaptan la planificación. No se trata de rebajar el nivel, sino de gestionar el esfuerzo. Algunas sesiones se trasladan a última hora de la tarde, cuando el jugador está próximo a poder romper el ayuno. Otras se acortan o reducen la intensidad en determinados ejercicios. El papel de los servicios médicos, nutricionistas y preparadores físicos resulta clave: hay que individualizar cargas, controlar el peso y vigilar la hidratación.
Los días de partido añaden complejidad. Si el encuentro se disputa antes del anochecer, el jugador compite en pleno ayuno. Se ven en los campos imágenes de futbolistas prácticamente desfallecidos tomando geles en cuanto el sol se esconde. Si el choque coincide con la hora del "iftar", la ruptura del ayuno, un dátil (alimento con el que se rompe el ayuno), un trago de agua o un gel pueden marcar la diferencia entre sostener el ritmo o hundirse físicamente. Fue lo que ocurrió ante el Espanyol: Almada esperó a que sus dos mediocampistas pudieran alimentarse como es debido antes de darles minutos.
Cuando llega la puesta de sol, el jugador rompe el ayuno con una pauta medida: primero, rehidratarse y recuperar glucosa a base de geles y bebidas con cafeína; después, una comida más completa para reponer energía y facilitar la recuperación muscular. "Sobre las 19.30 horas ya empezamos a comer. Y, a medida que transcurre la noche, hacemos varias comidas", describe Gueye.
Pero no todos lo viven igual. Influyen la posición en el campo, la temperatura, la hora del partido o la tolerancia individual al esfuerzo. La experiencia también cuenta: muchos futbolistas llevan años afinando sus rutinas. "El cuerpo ya va acostumbrado", dice Gueye. Para ellos, el Ramadán no es una rareza en el calendario deportivo, sino una parte central de su vida que hay que compatibilizar con la exigencia de la competición.
Vía: La Nueva España
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