Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

ALPINISMO

Jost Kobusch, alpinista profesional de Amazfit, revela qué le pasa al cuerpo humano por encima de los 7.000 metros: "Podrías resistir pocas semanas"

En la alta montaña, la tecnología puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso, según este alpinista especializado en expediciones extremas en solitario

Jost Kobusch, alpinista especializado en expediciones en solitario

Jost Kobusch, alpinista especializado en expediciones en solitario / Philipp Reiter @TAB

David Boti

David Boti

Barcelona

En el alpinismo se suele hablar que a partir de los 5.500 metros sobre el nivel del mar, el cuerpo humano deja de adaptarse con normalidad y empieza, poco a poco, a deteriorarse. Lo explica en un evento de Amazfit en Múnich, Jost Kobusch, alpinista alemán especializado en expediciones extremas en solitario y sin oxígeno suplementario.

Para el atleta de Amazfit, en alta montaña no basta con estar bien, hay que llegar "al 100%". Porque cuando la altitud aprieta, el mayor enemigo no siempre es la pendiente ni el viento, sino la falta de oxígeno. Kobusch sostiene que ese es el factor físico más determinante por encima de cierta cota. La aclimatación ayuda, sí, y la experiencia permite gestionar mejor otros problemas como el sueño deficiente, el frío extremo o la fatiga mental. Pero hay una barrera que no se negocia fácilmente: la disponibilidad de oxígeno sigue marcando el techo real del alpinista.

Esa limitación tiene consecuencias concretas. La masa muscular disminuye, la eficiencia mitocondrial cae y el organismo entra en una fase prolongada de desgaste. No ocurre de golpe, pero sí de forma constante. Según describe el montañero alemán, en torno a los 5.800 metros el ser humano podría resistir durante meses en términos teóricos.

Jost Kobusch, en plena expedición

Jost Kobusch, en plena expedición / Philipp Reiter @TAB

Entre los 6.000 y los 7.000, ese margen se reduce a semanas. Y por encima de los 8.000 metros, en la llamada zona de la muerte, la supervivencia pasa a medirse en días.

En expediciones largas y en solitario, esa erosión física obliga a hilar muy fino. La hidratación, el descanso y las bajadas para recuperar a cotas inferiores se convierten en parte de la estrategia de supervivencia.

Kobusch también subraya el valor de vigilar señales fisiológicas como la frecuencia cardiaca en reposo para comprobar si el cuerpo se estabiliza después de las rotaciones de aclimatación. Aun así, no todo son datos. En la montaña, también cuenta la sensación corporal, esa lectura íntima que muchas veces anticipa lo que todavía no refleja el reloj.

La tecnología, un factor clave y diferencial

En ese punto entra también la tecnología. En escenarios como el Everest, con temperaturas cercanas a los -30 °C, viento fuerte, niebla o nevadas, seguir una ruta grabada en el descenso puede marcar la diferencia entre volver o quedarse atrapado.

Kobusch pone el foco en la fiabilidad del mapa y del GPS, y señala relojes deportivos como el Amazfit T-Rex Ultra 2 como una herramienta de seguridad real para encontrar la trazada exacta, evitar grietas o continuar bajando incluso sin visibilidad. Hace no tantos años, en esas condiciones, muchas veces la única salida era plantar la tienda y esperar.

Jost Kobusch, en una de sus expediciones con el T-Rex Ultra 2

Jost Kobusch, en una de sus expediciones con el T-Rex Ultra 2 / Philipp Reiter @TAB

Uno de los ejemplos más claros de todo este equilibrio entre fisiología, estrategia y preparación lo vivió en 2017, en la expedición al Manaslu II, entonces considerada una de las cimas más altas aún sin escalar. Allí se encontró con dos opciones. La primera, una pared sur más directa, pero castigada por el sol y expuesta a desprendimientos de roca y hielo. La segunda, mucho más larga y exigente: ascender otra cima de 7.000 metros, descenderla y volver a remontar hacia el objetivo.

Elegir la opción más segura exigía asumir un peaje físico brutal: abrir huella en nieve profunda, soportar más tiempo en altura y enlazar ascensos y descensos por encima de los 7.000 metros. Kobusch cree que sin una base aeróbica sólida y una gran resistencia en altura, esa ruta habría sido inviable. En la alta montaña, según él, el verdadero combate pasa a ser la resistencia, el ritmo y la capacidad de decidir bien mientras el cuerpo se apaga poco a poco.