ALPINISMO
Jamling Norgay: "Ojalá mi padre no hubiera escalado el Everest"
Jamling Norgay, hijo del legendario Tenzing, alerta sobre el colapso espiritual y ambiental del Everest: "Mi padre escaló para que yo no tuviera que hacerlo"

El alpinista indio-nepalés Jamling Tenzinhg Norgay / CEDIDA
"Ojalá esta montaña siguiera virgen", imagina Jamling Norgay que diría su padre, siete décadas después de aquella foto icónica con el piolet alzado. Fue el 29 de mayo de 1953, y aunque el mundo vio triunfar a Tenzing en la cumbre del Everest, el verdadero protagonista de aquella conquista, según su hijo, nunca buscó fama ni gloria. "Entendía la montaña como una forma de vida", recuerda Jamling en una entrevista en El País. A los 60 años, el único de los siete hijos de Norgay que heredó su obsesión por las alturas se ha convertido en uno de los críticos más lúcidos contra el turismo de masas que asfixia al Himalaya.
En 1996, justo cuando murieron 12 personas en una de las temporadas más trágicas del Everest, Jamling alcanzó por fin la cima. Lo hizo para rendir homenaje a su padre, y para filmar un documental en formato IMAX junto al director David Breashears. Pero también fue entonces cuando comprendió el precio de aquel legado. "Vi morir a mucha gente. Vi las colas. Sentí que estábamos violando algo sagrado".
Desde entonces, Jamling denuncia sin tregua el deterioro espiritual, ecológico y cultural que sufre la montaña. "No me gustan las colas en ningún sitio, pero menos en una montaña", afirma con pesar. “Son muy peligrosas. Estás atrapado, rodeado de gente muy lenta, sin posibilidad de escape. Si cambia el tiempo, estás en grave peligro. Mi padre no lo admitiría”.
"¿Dónde va toda esa porquería?"
Jamling ha participado en múltiples campañas de limpieza del Everest. Aunque reconoce que el campo base se ha saneado, lo peor se esconde más arriba. "Nadie ha solucionado un problema básico: ¿dónde defeca todo el mundo? Toda esa porquería desciende por el glaciar y acaba en nuestros ríos". Para él, es una metáfora brutal del abandono de los valores originales del montañismo y de la desidia del Gobierno nepalí.
"Cada año dicen que limitarán los permisos, pero jamás lo hacen. Les importa más recaudar dinero. Ahora hablan de exigir que primero se escale una montaña de 7.000 metros... Pero dudo que puedan controlar eso. Da igual el precio del permiso, siempre habrá quien lo pague", critica.
El Everest no pertenece a los hombres
El incidente de 2013, cuando varios sherpas intentaron linchar a los alpinistas Simone Moro, Ueli Steck y Jonathan Griffith por adelantar mientras fijaban cuerdas, dejó una cicatriz en la imagen de la comunidad local. Pero Jamling lo contextualiza: "Los sherpas no son dueños de la montaña, solo trabajan en ella. El Everest pertenece a los dioses, no a los hombres. Pero sin sherpas, muchas cumbres no se habrían alcanzado".
Jamling nunca quiso escalar el Everest para batir un récord. "Era mi karma, mi destino. Soñaba con ello desde los ocho años. No era un objetivo, era una peregrinación, una forma de acercarme a mi padre, que apenas veía de niño. Sentía un amor profundo por la montaña". Y cuando por fin pisó la cima, no pensó en el triunfo. Pensó en su padre. "Allí, lo sentí cerca como nunca. Conocí mejor a mi padre tras su muerte. Muchos vinieron a contarme cómo era, qué significaba para ellos. Me ayudó a entender quién fue realmente".
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