Opinión

Colaborador de SPORT.
El secreto de Lamine Yamal

RFEF
Hay futbolistas que crecen, otros, más dotados, que evolucionan; incluso están los que se transforman. Y luego está Lamine Yamal. Pura mutación.
Porque sí, durante un tiempo, tuvimos el enemigo “regalimando” y frotándose las manos, pero no. ¡A tomar viento! El Lamine Yamal desorientado, expuesto, sobreexplotado y probablemente sobrecargado de todo menos de tranquilidad, ese chico de 17 años convertido en un fenómeno más social que futbolístico, despertó de golpe y entendió el error.
Aceptó que se había dejado engullir por el circo. Que se había dejado cautivar por una agenda inapropiada, actos promocionales disparatados, campañas, fotos, eventos y compromisos absurdos. Los que le queremos bien, sufrimos la sensación constante de que su carrera la llevaba más un mal departamento de marketing, que un experto en gestión de talento y de fútbol. Futbol de élite. En esos días… ¡Solo le faltaba el código de barras en la espalda!
Y claro, cuando eres adolescente y te dicen cada cinco minutos que eres el elegido, es fácil perder el norte. Aparecieron fiestas inadecuadas, invitados eclécticos que parecían sacados de la cafetería de Star Wars, viajes en helicóptero poco deseables, y visitas a la Kings League con declaraciones que no ayudaban precisamente a transmitir rigor personal.
¡Ah, y los gestos!. Porque marcar un gol y colocarse una corona está muy bien si tienes 29 años y has ganado tres Champions. Pero hacerlo con 17 es como ponerte un traje de astronauta cuando todavía no tienes edad para conducir un simple automóvil. Queda raro, y no te hace más grande. Te hace más y más pequeño. Más niño.
Pero de repente, algo pasó, y se obró el milagro. Sin documentales en Netflix, sin discursos, sin ruido. Sin compañías estrafalarias, huyendo del postureo, de las cámaras y los focos de estudio y de los anuncios comerciales… Lamine Yamal volvió al fútbol. Volvió al fútbol más fútbol. Al descanso, al sacrificio y al sudor en la 'ciutat esportiva'. Apareció con más seriedad y sobriedad en la mirada. Más responsabilidad. Como si alguien le hubiera recordado que el verdadero reto no es correr como el viento, sino saber dónde está a la meta.
Porque a los 17 uno no 'evoluciona'. Uno se transforma o se rompe. Y Lamine Yamal superó la transformación, para mutar, directamente. El secreto de Lamine Yamal no era un coach, ni una campaña, ni un tinte nuevo en el cabello. El secreto estaba, escondido, en su cabeza. Y emergió.
Y Lamine Yamal entendió que la única corona que vale, es, en realidad, la que no hace falta ni enseñar ni, mucho menos, ponerse.
Bienvenido seas, majestad.
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