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No olvidemos que vimos al Messi de los banquillos

Pep Guardiola, entrenador del Manchester City

Pep Guardiola, entrenador del Manchester City / AP

Pasarán tres mil años y jamás volveremos a ver jugar a un equipo al fútbol como jugó el Barça de Pep Guardiola. Jamás. Tal vez, en Manchester, justo en plena descomposición de un City de leyenda, piensen lo mismo. No ya por las seis Premiers de siete, o por el único póquer en un año o el triplete; sinó por haber dado, en las últimas siete temporadas, el mayor espectáculo que se recuerda en Inglaterra. Ni el United de Busby o Fergusson, ni el Liverpool de Shankly o Paisly, ni tan siquiera el mejor Arsenal de Wenger pueden toserle. Tampoco en España el Madrid de la Quinta, ni el de los Galácticos ni el de las 6 Champions de 11. Posesión, ritmo, circulación, presión asfixiante tras pérdida, mezcla antológica de pausa y verticalidad, y 39 títulos, 7 más que el Real Madrid en el mismo tiempo.

Un legado incomparable que le convierte, de largo, en el mejor visionario de este juego. Por supuesto, todo eso debe ser compatible con escrutar las razones por las cuáles hemos asistido al peor equipo dirigido por Guardiola en toda su carrera. Asumiendo el cambio de ciclo, sorprende que un técnico de su magnitud no haya encontrado la fórmula para, al menos, contener un desplome meteórico, que no puede explicarse sólo por la irreparable pérdida de Rodri. Por sus 14 títulos de 18 en el Barça y sus humillaciones al Madrid, en la capital llevaban tres lustros esperándole. Se sabía. Lo triste es que en Barcelona, donde aún rezuma el olor de su fútbol, con la Santísima Trinidad al frente - Messi, Xavi e Iniesta -, los oportunistas de siempre vinculen la caída del City, otra vez, a la presunta decadencia del modelo con el que ganó este club. No aprenden. He venido aquí a recordárselo. Y, si es preciso, aquí volveré.