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Opinión | Tuercebotas

Joan Cañete Bayle

Joan Cañete Bayle

Periodista y escritor

La Liga de Flick y la Masía

Una metamorfosis tan completa de un equipo solo se entiende y se explica por el liderazgo y el trabajo de su entrenador y por el plus de los jugadores formados en casa

Lamine, un genio en Cornellà

Lamine, un genio en Cornellà / Valentí Enrich / SPO

Hay regates de la vida que, si se los imagina un escritor, nadie se los creería, por inverosímiles. Y que, sin embargo, son ciertos. Sucede con la famosa foto de Joan Monfort en la que un jovencísimo Leo Messi baña a Lamine Yamal cuando era un bebé de pocos meses. ¿Cuáles eran las probabilidades de que el niño de Rocafonda que ganó en un sorteo la posibilidad de aparecer en un calendario benéfico del diario Sport junto a Leo Messi se convirtiera en un crack futbolístico? Cuando se tomó esa foto, Leo empezaba la carrera que lo llevó a ser el mejor jugador de la historia. Lamine Yamal apenas empezaba a vivir. Hoy, con un triplete de títulos nacionales y una Eurocopa en el zurrón, candidato sólido al Balón de Oro y, para muchos, ya el mejor jugador del mundo, Lamine Yamal aspira con todas las de la ley a ser el sucesor de Messi en el Barça. ¿Cuáles eran las probabilidades de que algo así sucediera cuando aquel jovencísimo Messi simuló bañar a Lamine Yamal en una bañera azul?

Muy pocas. Menos incluso que las escasas opciones que se le daban a este equipo —hoy campeón— al inicio de la temporada de ganar Liga, Copa y Supercopa, y de ser semifinalista de una Champions en la que estuvo a apenas dos minutos del descuento de llegar a la final. La historia de este Barça arrebatador y depredador, adolescente en todo el sentido del término, era casi tan improbable como la de la foto de Messi y Lamine. Reforzado solo con Dani Olmo y unos cuantos chavales ascendidos del filial, el equipo que había penado la temporada anterior debía reinventarse y encontrar una versión que le alcanzara para competir contra el Real Madrid, campeón de Liga y Champions y reforzado con Mbappé. El Madrid de los franceses se antojaba invencible, pero el reto de entrada ni siquiera era competir contra él; el desafío era construir una buena versión del Barça.

Más que la suma de sus partes

De ahí que esta sea, ante todo, la Liga de Hansi Flick. Es cierto que Lamine Yamal ha estado a nivel de Balón de Oro; que Pedri representa la excelencia futbolística; que Raphinha ha superado todas las expectativas que había sobre él; que Olmo, Koundé, Cubarsí, Lewandowski, De Jong, Casadó, Íñigo, Ferran, Eric, Balde, Fermín, Gavi y casi todos los jugadores de la plantilla han rendido por encima de lo que se esperaba de ellos. Pero, además de su talento y trabajo, el mérito cabe atribuírselo a su entrenador, que ha logrado la alquimia que identifica a los buenos preparadores: ha construido un equipo que es mucho más que la suma de sus partes.

Con la combinación de toque y verticalidad; con el colmillo afilado; con la innegociable línea defensiva adelantada; con la carga de jugadores sobre el área contraria; con la fe y el espíritu indómito de quien se niega a perder; con la mezcla de jugadores imberbes en términos de experiencia profesional y veteranos a quienes muchos veían camino de Arabia Saudí… Una metamorfosis tan completa de un equipo solo se entiende y se explica por el liderazgo y el trabajo de su entrenador. Honra, pues, a Flick, y aplausos al presidente, Joan Laporta, que decidió contratarlo.

El segundo nombre propio de la temporada, con perdón de Lamine Yamal y Pedri, es el de la Masia. Las imágenes de Casadó en Canaletes y la de la mayoría de los jugadores entonando el himno del Barça en La Cartuja tras ganar la Copa muestran a un equipo cuyo núcleo es, ante todo, culé. Son barcelonistas de cuna y han soñado desde niños con jugar y ganar títulos con el Barça, como explicó Fermín tras confirmar, con un gol suyo, el título en Cornellà. Este intangible, en un mundo tan profesionalizado en el que todo detalle cuenta, es un tesoro para el Barça. La Masia ha salvado a la institución en plena crisis económica y empuja un pelín más allá del límite a los jugadores que sienten el escudo como nadie.

La línea sucesoria

Eso simboliza la fotografía imposible de Messi y el bebé Lamine Yamal. Es pronto para saber si el español se sentará a la mesa del argentino cuando acabe su carrera. Pero esa foto simboliza una doble línea sucesoria: Lamine Yamal ha presentado candidatura a ser el sucesor de Messi, y ambos son el ejemplo palmario de que la Masia es y debe ser siempre el corazón palpitante del equipo y del club.