Opinión

Futbolista del Montreal Impact de la MLS. Anteriormente jugó en Stoke City, Mainz 05, Milan, Ajax, Roma y FC Barcelona, club en el que conquistó sus mayores logros como profesional
No a la fractura en el fútbol

Aficionados del Chelsea protestan contra la creación de la Superliga
No cabe duda de que esta ha sido una semana trepidante. Los debates se han sucedido en cada reunión, bar o medio de comunicación y no es para menos, el futuro del fútbol continental puede verse modificado para siempre y nadie quiere dejar pasar la oportunidad de opinar sobre la polémica Superliga Europea. Personalmente, me muestro clara y abiertamente en contra de la propuesta. No me gusta que el fútbol se use para separar, para crear una zona reservada a un grupo de privilegiados o para que unos pocos se aprovechen de este maravilloso deporte en su propio beneficio.
El pasado sábado, tras perder la final de Copa del Rey, Dani García dijo entre lágrimas que puede que no jugara nunca en Europa. Sus palabras me llevaron a una reflexión: si algún día fructifica esta propuesta, ¿cuánta ilusión se arrebatará? ¿Cuántos jugadores que tienen ambiciones más grandes se verán frustrados? Equipos como el Athletic Club han demostrado poder competir contra los grandes e, incluso, ganarles títulos como ocurrió en la pasada Supercopa. Ese debería ser el único baremo por el que regirse. Pero hay una cosa en la que sí que estoy de acuerdo: el mundo del fútbol tiene que evolucionar, pero debe hacerlo desde la esencia del mérito y los valores. Evolucionar unidos, de la mano e integrando a todos (tanto a los equipos amateurs como a los profesionales). Así es como de verdad se crece o como cualquier proyecto que aspire a ser sólido se hace grande. El resto son cuentos chinos y eslóganes de marketing para justificar ganancias millonarias en petit comité.
Aunque, por desgracia, tampoco sé de qué nos sorprendemos. El problema no es la Superliga en sí sino que existe un conflicto que viene de raíz. Todos sabemos que conatos de este tipo se llevan cultivando años. También es sabido que los derroteros que está tomando el fútbol son cada vez menos románticos, que cada temporada hay menos estabilidad de jugadores en los equipos, que cada año hay más urgencias con los jugadores jóvenes o que cada vez hay más intermediarios que quieren meter cabeza en el negocio movidos exclusivamente por los grandes márgenes… En definitiva, todo esto ha llevado a una situación inconformista del sector, a siempre querer más y, por eso, nada de esto es casualidad.
Se haga o no se haga, el simple hecho de que se lo hayan planteado ya es perjudicial para clubes y aficionados, y no olvidemos que estos últimos también son parte fundamental del negocio. No puede ser que se tomen decisiones sin contar con ellos, pues son los que renuevan cada año un abono que, a su vez, paga el sueldo de muchos empleados de esas entidades. En Inglaterra, ríos de gente han salido a la calle para protestar por la posible nueva modalidad, pero sin duda, el mensaje que me acabó de convencer para estar en contra fue, curiosamente, el de unos aficionados del Chelsea: “Queremos nuestras noches frías en Stoke”, decían. Y no me extraña porque en ese tipo de campos también suele ocurrir la magia.
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