CICLISMO
Pogacar deja claro que no gana porque no quiere en el Tour
El australiano Ben O’Connor se impone en la etapa reina en solitario, con Pogacar en segunda posición después de controlar un ataque de Jonas Vingegaard a 73 kilómetros de la meta

Pogacar, en la etapa reina

La niebla cubre la cima de Courchevel donde los corredores van llegando uno a uno. Entre el frío y el cansancio en la etapa reina sólo queda una cosa clara. Tadej Pogacar no gana porque no quiere. Por la razón que sea, el fenómeno esloveno, el que ha salido de un resfriado, el que cada día tiene menos ganas de correr la Vuelta, ha adoptado una careta conservadora, aunque lo sufra el espectador y no digamos el que se hiela en los Alpes. Tiene el Tour ganado. ¿Por qué va a arriesgar?
La etapa reina pareció como una cena que decepciona, a veces por la cocina y otras por la compañía o el precio. A 73 kilómetros del final atacó Jonas Vingegaard para comprobar que era más fácil que se le desenganchase la tirita que lleva en la nariz que Pogacar. El plan no le funciona por más gregarios que tenga, que parezcan salir de la carretera como setas en otoño. Pogacar se queda solo, controla, se pega a su rival danés y, cuando este tira la cuchara, entonces le llegan los compañeros que se han quedado rezagados. Hasta recibe alguna palmara, más apoyo, “lo tienes hecho chaval”. El Tour es tuyo aunque no ganes la etapa reina porque no quieres.
Pogacar gobierna en el Tour. Es el mejor. Es el que se cansa de ir a rueda cuando la etapa asciende por un carril bici donde no caben ni las vallas; una cuerda separa a los espectadores de los ciclistas. Y es el que ataca a Vingegaard en el suspiro final para demostrarle que haga lo que haga sólo puede convertirse en el capitán que no evita el naufragio cuando el barco se va a pique. Y si no hubiese ganado dos Tours, casi empezaría a ponérsele a Vingegaard la cara de Poulidor, el gran abuelo de Mathieu van der Poel, que siempre se picó con Jacques Anquetil y con Eddy Merckx pero nunca logró noquearlos.
Dan aire a Ben O’Connor, el ciclista australiano que el año pasado estuvo a punto de ganar la Vuelta. Fue líder de la sexta a la antepenúltima etapa y acabó segundo, como segundo fue también en el Mundial de Pogacar. Es el regalo inesperado del esloveno, el que tritura como una apisonadora al voluntarioso corredor colombiano Einer Rubio, que iba a cruzar la meta en segundo lugar y trata de mantener erguida la cabeza del Movistar, en un Tour horribilis para el ciclismo español, porque Enric Mas se retiró en la etapa reina y porque Carlos Rodríguez, que era décimo, se rompió la pelvis el miércoles en una caída.
Con el Glandon, con la Madeleine, nombres ilustres en la historia alpina del Tour, y con una subida que nunca se acababa a Courchevel, el día se presentaba para que se vivieran cosas bellas, espectáculo del mejor y ataques que ni se habían visto en los Pirineos. Pero, por desgracia, este Tour navega hacia París con el sentimiento de que la carrera comenzó a terminar con el ataque de Pogacar en Hautacam donde le sacó los colores a Vingegaard y sin que nadie por detrás, mucho más desde la retirada de Remco Evenepoel, sea capaz siquiera de toser a los dos intocables de la general.
Vingegaard lo probó a una distancia considerable para destrozar a un rival que rodase con dificultad. Ayudado por Sepp Kuss y por Matteo Jorgenson, los yanquis del Visma, trató de adivinar, un clavo al que agarrarse, si Pogacar soplaba más de la cuenta, si sufría, si se soltaba, si pedía clemencia. Ni por asombro. Nada que hacer, una condena, otro año sin ganar el Tour a no ser que se produzca una sorpresa más monumental que la dura ascensión de este viernes a La Plagne, en la despedida de los Alpes y de la alta montaña.
Con más de 70 kilómetros lo único que el Visma logró fue distanciar a los compañeros de Pogacar y demostrar que eran mejor equipo que el UAE. Pero esto no vale para ganar el Tour y posiblemente ni siquiera para hacer feliz al patrocinador. Los fuegos de artificio contra Pogacar se lanzaron durante la ascensión a La Madeleine, luego vino el descenso, llegó cierta paz que sólo sirvió para dos cosas.
Por un lado, para que se escapase O’Connor en busca de la victoria que consiguió. Y otra para demostrar que el conjunto del Red Bull era una jaula de grillos. Primoz Roglic aisló a su compañero alemán Florian Lipowitz, que este viernes deberá hacer algo más que sudar para conservar la tercera plaza y el jersey blanco como mejor joven de la carrera ante la amenaza de su rival británico Oscar Onley.
“Ha sido un día durísimo”, reconoció Pogacar, tanto que acabó con una granizada terrible a la media hora de acabar la fiesta ciclista para desespero de los centenares y centenares de cicloturistas que subieron hasta la cumbre alpina en bicicleta para comprobar lo que no era ningún secreto: Pogacar no gana porque no quiere
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