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La victoria se le escurre al Celta

Un fallo de Radu en una de las últimas jugadas del partido evita el triunfo del equipo vigués ante el poderoso Olympique de Lyon

Los de Claudio, que se adelantaron por medio de Rueda, jugaron casi todo el segundo tiempo con uno menos por la expulsión rigurosa de Borja Iglesias

Borja Iglesias trata de superar la salida de Greif en una acción del primer tiempo.

Borja Iglesias trata de superar la salida de Greif en una acción del primer tiempo. / Marta G. Brea

Juan Carlos Álvarez

Vigo

Con el Celta aún exhausto sobre el césped dejó Claudio Giráldez una sentencia que podría esculpirse en piedra a las puertas de Balaídos: «Van a tener que matarnos para echarnos». Es la frase que brota del orgullo y la rabia por un desenlace cruel, injusto. Por una rendija en el costado de Radu se le escapó al Celta la victoria ante el Olympique de Lyon en una noche que iba camino de la heroicidad. Estuvieron los vigueses a punto de sobrevivir al acoso del poderoso equipo francés y al infame arbitraje de un belga que al comienzo del segundo tiempo dejó a los vigueses en inferioridad tras expulsar a Borja Iglesias en una jugada que debería suponer su excomunión del mundo del arbitraje. Primero, porque convierte en amarilla un choque inofensivo; y segundo, porque toma la decisión tras una inexplicable deliberación de más de medio minuto que alimenta cualquier clase de sospecha y confirma el diferente peso que las camisetas tienen en Europa. Con uno menos y casi cuarenta minutos por delante el Celta se afanó en la dura tarea de proteger la ventaja conseguida en el primer tiempo gracias a una maravillosa transición coronada por Javi Rueda y se quedó a solo cinco minutos de conseguirlo. Murió en la orilla, en el último (y casi el peor) disparo de Endrick que de forma caprichosa se coló bajo la axila de Radu para arruinar el buen partido del meta rumano hasta ese momento. La tarea se le agiganta al Celta que dentro de una semana se jugará en Lyon el pase a los cuartos de final, pero nadie duda de que este grupo afrontará el desafío con el arrojo necesario para vender caro su sueño.

El Olympique de Lyon hizo honor a lo bueno que se podía esperar de uno de los grandes favoritos para ganar el torneo. Pese a las bajas su presencia en Balaídos fue la de un equipo importante, con personalidad. Tal vez le falta desequilibrio en los últimos metros, donde abusa de Endrick que se comporta como si cobrase un extra por cada disparo, pero juega con atrevimiento y estilo. En apenas unos minutos ya habían asomado un par de veces en el área de Radu. El Celta asumió la tarea de protegerse y correr en transiciones. Con esa idea Claudio compuso la alineación con gente como Rueda o Williot, de piernas ligeras y generosas en los esfuerzos. Un plan que no tardó en dar sus resultados.

El gol celeste

Javi Rueda es un tipo vive a toda velocidad. Es la clase de futbolista que mejora cuanto menos invierte en analizar la jugada. Su juego es puro instinto y cuando, superado el minuto 25, Vecino se hizo presente para quitarse de encima a Morton y poner a correr a Williot, el malagueño salió como un cohete para adelantar por la derecha a un asustado Abner Vinicius convencido de la jugada que nació en él también moriría en sus botas. Williot, un criminal del espacio, llevó a Mata al límite y puso el balón donde debía, en el corazón del área donde apareció Rueda, casi catatónico, para empujar a la red mientras su corazón bombeaba sangre como si fuese un ciclista en el Mont Ventoux.

La jugada de ese gol fue la primera en la que el Celta sacó provecho de su pareja de medios centro que hasta ese momento habían bailado alrededor de Tolisso. Ante la ausencia de Miguel Román, imprescindible hoy en día, Claudio eligió la pareja Vecino-Moriba, que aún no termina de mezclar. Son futbolistas parecidos en muchos sentidos y alrededor de ellos al Celta aún le cuesta armarse. Salvo un pequeño tramo de Vecino en el primer tiempo apenas tuvieron peso en un equipo dependiente en exceso de las descargas de Borja y de Aspas. El Celta jugó a correr y no a tener la pelota y con el paso del tiempo eso hizo que el Olympique le fuera comiendo campo hasta obligarle a defender demasiado cerca de Radu. Los franceses amenazaron en centros laterales, especialmente en el costado que defendía con muchos apuros Mingueza, pero casi siempre esos envíos morían en las cabezas del trío de centrales vigueses.

La tónica cambió en el arranque del segundo tiempo. Claudio dio entrada a Carreira por Rueda (reventado) y a Jutglá por Iago para buscar algo más de nivel en la presión. Y entonces el colegiado belga mandó a Borja Iglesias a la calle para hundir cualquier plan que hubiese diseñado el porriñés. Un atropello por la decisión y por la forma de tomarla, con ese incomprensible análisis de medio minuto consultando a no se sabe quién. Con uno menos el Celta no tuvo más remedio que replegar aún más y confiarlo todo a su capacidad de resistencia. No encontró salida alguna de su encierro ni un futbolista que tuviese la calma o el temple para tener la pelota unos pocos segundos ante un Olympique al que tampoco se le vieron demasiadas luces. Un par de disparos lejanos, de Endrick (cómo no) y de Kango (que se estrelló en el palo) fueron sus mejores opciones. También un cabezazo de Yaremchuk al que Radu respondió con reflejos felinos. Fonseca se desesperaba porque su dominio no se traducía en ocasiones y todo acababa en las cabezas de Marcos, Starfelt y Javi. Pero justo entonces, cuando el partido se moría, un disparo en apariencia inocuo de Endrick se coló por el sobaquillo de Radu para rebasar con suspense la línea de gol y darle a los franceseses un empate que les allana el camino para la vuelta. Pero que no olviden, como dice Giráldez, que tendrán que matarles para acabar una misión que tenían en su mano y dejaron a medio hacer.