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Newsletter de Deportes

El Celta y el espejo

El análisis semanal del presente, pasado y futuro del deporte con Juan Carlos Álvarez

Newsletter de actualidad deportivo por Juan Carlos Álvarez

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Juan Carlos Álvarez

Yo venía con la intención de prolongar la resaca emocional de lo sucedido el jueves en Lyon y de reírme de paso de lo ridículo de ciertos dramas que se construyen alrededor del fútbol. Ahora nos lo tomamos a risa, pero hace pocos meses el futuro del Celta parecía depender exclusivamente del fichaje de Bryan Zaragoza. El termómetro anímico de la opinión pública subía y bajaba en función de la rigidez del Bayern en la negociación o de la última frase de Garcés. Los «hay que apostar» -una de las frases que mejores tardes me han dado- llenaban las redes e incluso aficionados de otros clubes envidiaban la ambición de un Celta que iba en busca de «jugadores diferenciales para afianzar su proyecto» (más risas). Llegó Bryan, no pasó gran cosa, se fue Bryan y en su sitio asomaron otros. Más baratos, más comprometidos, menos presuntuosos... El jueves, mientras en la sede de Google se sorprendían del número de búsquedas con la palabra «Friburgo» que llegaban desde Galicia, Bryan Zaragoza saltaba al Olímpico a diez minutos de que acabase la prórroga del Roma-Bolonia. «¿Lo meterán para tirar un penalti?», preguntó alguien. No hubo tiempo para conocer la respuesta: dos minutos después, el Bolonia marcó el gol que dejaba a los romanos fuera de la Europa League.

En estas historias estaba hasta que llegó «lo del Alavés».  En Inglaterra habrían dicho que el Celta se hizo un «Devon Loch». Se lo explico. «Devon Loch» era un magnífico caballo, propiedad de la Reina Isabel de Inglaterra, que a mediados de los cincuenta dominaba el prestigioso Grand National con una superioridad aplastante, cumpliendo así con su condición de gran favorito. Le faltaban apenas doscientos metros y tras el último obstáculo la ventaja sobre sus perseguidores era de más de diez cuerpos. Y de repente, sin que nadie supiera las causas, el caballo dio un brinco extraño y cayó a plomo sobre su tripa, despatarrado. Nunca se había visto nada parecido. Parecía un espectáculo circense. Luego se levantó torpemente y fue superado por todos sus rivales entre el desconcierto de los asistentes. Desde entonces, en Inglaterra cada vez que en el mundo del deporte alguien tira por la borda aquello que tenía en su mano se suele decir que «se ha hecho un Devon Loch».

Hoy en el desayuno ya he leído/escuchado diferentes explicaciones de por qué sucedió semejante aquelarre a partir del 3-0 de Jutglá (el principal damnificado del día, porque le dedicaremos menos tiempo del que merece a su transformación en el Hazard del Chelsea) e incluso Claudio ha querido ponerse el primero delante de los fusiles que a estas horas vacían sus cargadores contra Aidoo y Carlos Domínguez (retratados en casi todas las jugadas claves del partido). Un ejercicio tan loable como innecesario. 

Vale que el fútbol es un juego de errores (ojalá un euro para las arcas públicas cada vez que un comentarista diga esta frase en la radio o televisión) pero el pecado principal del Celta ayer, el que le llevó a la ruina e impidió que a esta hora ya estuviera aleteando en el quinto puesto, fue otro. Se desconectaron de su realidad y se sintieron más que el Alavés y con licencia para tomarse una serie de libertades que no se hubieran planteado en otra situación. No advirtieron el peligro porque estaban más preocupados en mirarse en el espejo donde tan atractivos se veían. Y ya se sabe que la autocomplacencia siempre viene acompañada de falta de tensión. Vale que lo de Aidoo y Carlos Domínguez resultó un espanto, pero el desastre no fue exclusivo de ellos. El mal de la desidia y la irresponsabilidad se había apoderado de todo el equipo. Desde la falta de tensión en el descuento del primer tiempo (la primera piedra del cataclismo), a la inhibición de muchos jugadores a la vuelta del descanso o a esa enfermiza búsqueda por meterse en líos a la que se dedicaron en el tramo que dio vida a un muerto como el Alavés. El partido le deja al Celta una importante enseñanza: si no tiene todos los sentidos puestos en el campo no es más que ningún otro equipo. Las victorias nunca se empiezan a celebrar hasta que el árbitro firma el acta en el vestuario.

El episodio también sirve para devolvernos el espectáculo devorando a sus jugadores como si fuese Saturno con sus hijos. Lo que tampoco vale es pedir hace semanas la renovación de Aidoo tras su marcaje a Muriqi y a esta hora poco menos que reclamar su inmediata deportación. Los mismos que ayer colapsaron han ayudado a sostener situaciones delicadas en otros momentos. Es evidente que son peores que aquellos que estaban en la grada comiendo pipas y dando descanso a sus músculos exprimidos, que seguramente hay que mejorar el nivel del banquillo en ciertas posiciones, pero las cosas no resultan tan sencillas como alguien pretende hacer creer con un tuit de doscientos caracteres. Cuando «Devon Loch» se abrió de patas en el hipódromo de Aintree hubo gente que se acercó a la Reina Isabel para preguntarle por lo sucedido. Y la mujer, sin perder la compostura, dijo que «son cosas de las carreras». Pues eso mismo.

Mike, The Bike

Les dejo la historia irrepetible de la semana, porque apenas me da tiempo para más. A Mike Hailwood lo consideran un dios en Inglaterra, el piloto perfecto que en una mañana era capaz de subirse a cuatro motos diferentes para correr en otras tantas categorías. El domingo fue su día, la jornada en la que los moteros británicos le recuerdan y lamentan el trágico día en que un camionero provocó su inesperada y prematura muerte. 

Nos vamos a una semana sin Liga, demasiado tiempo para darle vueltas a lo sucedido ayer. No se hagan daño y traten de olvidarlo, aunque cueste.

Vía: Faro de Vigo