ENTREVISTA
Ramon Besa, referente del periodismo: "En mi pueblo solo podías ser payés o periodista"
El periodista de Perafita atiende a SPORT y repasa su trayectoria y su manera de entender el oficio, del que es una de sus voces más influyentes

Ramon Besa recibe el Premio de Honor de la prensa comarcal catalana / Guía de la radio
Ramón Besa es una de las voces más respetadas del periodismo español. Durante décadas ha sido el gran cronista del Barça en El País, aunque su trayectoria comenzó mucho antes, en la prensa local, cuando descubrió que contar lo que pasaba en su pueblo podía tener consecuencias reales.
Ha vivido desde dentro la transformación del oficio: del periodista que viajaba con el equipo y conocía a los jugadores hasta el profesional que hoy compite en un ecosistema dominado por la inmediatez y las redes sociales. Ha cubierto generaciones enteras de futbolistas, entrenadores y dirigentes, y ha reflexionado siempre sobre el papel del periodista más allá del resultado del domingo.
Hablando con él, uno puede hacerse una idea del camino que coge el periodismo. Su mirada no es nostálgica, sino crítica y serena: reivindica la calle frente al escritorio, la conversación frente al tuit y la jerarquía informativa frente al ruido. Su discurso no solo habla de fútbol, sino de cómo ha cambiado —y sigue cambiando— la manera de contar el mundo.
Todo empezó en Perafita... ¿Cómo fueron tus inicios en el periodismo?
Era todo muy diferente a ahora. Siempre digo que en mi pueblo solo podías ser payés o periodista. En mi casa, mi padre era payés y yo era el heredero. Pero a mí me gustaba dar vueltas, estar en el bar, en la plaza… Todo menos quedarme en casa.
Empecé a trabajar en el semanario El 9 Nou como corresponsal en el Lluçanès. En una ocasión publiqué que la secretaria del pueblo y su auxiliar se llevaban tres cuartas partes del presupuesto municipal. Pensé que la gente se alegraría, pero ocurrió lo contrario: muchos parientes del secretario dejaron de ir a la tienda de comestibles de mi familia. Mi madre me dijo: “Si no dejas de publicar, no comeremos”. Son cosas de los pueblos.
Después me fui a Barcelona, al Avui, y de ahí pasé a El País. Cuando ocurrió todo eso, yo no sabía que acabaría haciendo periodismo deportivo. El jefe de deportes del Avui, que también había sido director de El 9 Nou, me ofreció un contrato de un año, y así empezó todo.
Siempre se dice que el periodismo experimentó un gran cambio en el momento en que los periodistas dejan de viajar con el equipo. ¿Qué cambió ahí?
Sí, ahí se fracturó todo. Antes lo hacíamos todo con el equipo, íbamos a los entrenamientos y sabíamos cómo funcionaba por dentro. Te conocían los directivos, los jugadores… A veces incluso te encontrabas a un futbolista que te decía: “Esta crónica es una mierda”. Pero era bueno, porque al menos había una relación directa, sin intermediarios.
Eso se terminó cuando ese modelo se vulneró, sobre todo con la aparición de las webs y la transformación digital. Surgió un debate entre el derecho a la información y el secreto profesional. También hubo una parte de culpa nuestra, por determinadas praxis, y otra de los clubes, que empezaron a levantar barreras.
Cuando se funda Sport y adopta el lema “Sempre amb el Barça”, era un diario muy bien pensado y trabajado
¿Estar dentro generaba mejor periodismo?
Sí. La prensa deportiva cumplía una función social: hacía reportajes, entrevistas en profundidad, explicaba contextos. Eso lo hacía sobre todo la prensa deportiva. Ahora, como hemos perdido el monopolio de la información, más que informar opinamos y especulamos. Los géneros periodísticos han perdido peso. Hoy en día poca gente saca exclusivas. Ya no tienes acceso directo a los futbolistas y el lector compra marcas o periodistas concretos. Valen más las agendas que el trabajo de campo.
¿Se ha perdido la capacidad de preguntar?
Sí. Vivimos un momento de hooliganización: estás a favor o en contra. No hay matices. Eso empobrece la conversación y reduce la capacidad crítica del periodista.
El nacimiento de Sport con el lema “Sempre amb el Barça” marcó una época. ¿Cómo lo viviste?
Cuando se funda Sport y adopta el lema “Sempre
amb el Barça”, era un diario muy bien pensado y trabajado. Sabías todo lo que pasaba en el club gracias a él. No era una revista oficial del Barça, porque también denunciaba cosas del propio club. Otros periódicos cambiaron su política editorial a partir de ahí. El equilibrio entre proximidad y espíritu crítico era delicado.

Ramon Cugat (centro), junto a Ramon Besa, Jordi Basté, Pep Guardiola y Berni Álvarez / VALENTÍ ENRICH
Muchos periodistas empiezan cubriendo el filial.
Exactamente eso hice yo, empecé con la información del filial y del fútbol base. Iba a la Fabra i Coats y luego al Miniestadi. Progresaba junto a ellos. Hablabas con un jugador cuando estaba en el filial y luego lo veías como capitán del primer equipo. Por ejemplo, yo a Pep Guardiola lo he visto crecer. Hemos crecido juntos. Eso te hacía ilusión. Intimabas con ellos, pero existía un pacto tácito para no comprometer a los jugadores. Había confianza, pero también límites.
Yo solía dar una vuelta cada mañana, desayunaba en el Palau y saludaba a Julia, que llevaba el bar. Si te conocía de tiempo, te contaba historias. La vida consiste en eso: en estar, en escuchar.
La primera gran masificación que viví fue en 1983 con la llegada de Maradona.
¿Qué es para ti el periodismo?
Un escritor dijo que el periodismo consiste en ir al mismo sitio cada día, a la misma hora, y que al final te conocerán y sabrán que no te pueden mentir ni eludir. Eso es periodismo. Si vas cada día a un juzgado, acabarás conociendo a fiscales y jueces, y sacarás exclusivas. Hay que conocer a la gente. El periodista se ha acostumbrado a estar en la redacción haciendo clics. Ya no sale tanto a la calle. Todo son audiencias.
Sigo pensando que el periodismo es la gente. Hay que explicarle a la gente las cosas que le pasan a la gente. Para mí, el periodista debe estar lo más cerca posible de los hechos, pero sin formar parte de ellos. Puedes estar en el Camp Nou o en la ciudad deportiva, pero sin convertirte en comunicación corporativa. Hay que encontrar esa frontera, y ahora es más difícil porque hay muchas barreras.
La competición extrema en el periodismo no siempre es buena.
Exactamente, y te pongo un ejemplo. Hubo una auténtica carrera por ver quién daba antes la noticia de su muerte. El mismo día de la muerte del doctor Miñarro ocurrió algo parecido. Muchos preguntaban por qué no se decía nada. La realidad es que el club no podía localizar a su mujer. Imagínate que ella se entera por la prensa. El club consideró que no se podía hacer público hasta comunicarlo a la familia. Y tenía razón. La gente debe entenderlo. El club hizo lo que tenía que hacer.
Antes el futbolista necesitaba al periodista; hoy parece que el periodista necesita al futbolista. ¿Cuándo cambió esa relación?
La primera gran masificación que viví fue en 1983 con la llegada de Maradona. Antes nos conocíamos todos. Luego aparecieron Catalunya Ràdio y TV3, crecieron los medios, después llegaron las televisiones privadas, los teléfonos móviles… y todo se volvió incontrolable.
Ahora hay perfiles digitales, intermediarios, identidades difusas. Antes la confianza dependía de lo que hacías en el día a día, también fuera del campo. Hoy la relación es más distante y más estratégica.
¿Alguna vez sentiste presión por parte de un club o de tu propio medio para enfocar una historia de determinada manera?
Antes había más presión, pero era distinta. Ahora puedes hacer un periódico sin salir de la redacción. Cuando alguien publica una exclusiva, lo primero que se preguntan es cómo la ha conseguido y quién se la ha filtrado. Intentan desmentirla o cuestionarla.
La competencia es por ser el primero. Pero la pregunta es: ¿el primero en qué? Hay que medir la importancia de lo que publicas. La rapidez ha provocado un debate constante, pero también superficial.
¿Te verías empezando hoy en el periodismo actual?
No estoy seguro. Para aprender el nuevo periodismo tendría que desaprender el que conocí. Y no sé si ahora tendría el cuerpo para eso. A mí me gusta leer, escribir y conocer gente, cosas que hoy son más difíciles de hacer con calma. Si adaptarme al modelo digital significa pensar solo en audiencias y métricas, me daría miedo. Tendría que desaprender mucho de lo que aprendí.
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