Plantà en la mediocridad
Perder contra el colista no es solo un tropiezo. Es una renuncia. Es un llamamiento a la nada

OVIEDO, 14/03/2026.- Los jugadores del Valencia a la finalización del partido de la jornada 28 de LaLiga EA Sports que han disputado el Real Oviedo y el Valencia CF este sábado, en el estadio Carlos Tartiere de Oviedo. EFE/ Eloy Alonso / Eloy Alonso / EFE
Dani Meroño
Tras una noche de plantà, se hace raro no hablar de Fallas sin alegría o diversión. Pues bien, el Valencia CF, en plenas fiestas, se empeña en amargar la existencia a toda una afición que no puede pasar ni su semana grande festiva en paz. Porque un retrato al óleo sobre el lienzo de una temporada nefasta que está haciendo el Valencia CF. Eso es lo que fue la tarde del sábado contra el Real Oviedo. Una derrota que no es simplemente una más en la temporada del Valencia CF, es una radiografía incómoda de lo que se ha convertido este equipo: un conjunto que, cuando huele la posibilidad de crecer, decide encogerse.
Perder contra el colista no es solo un tropiezo. Es una renuncia. Es un llamamiento a la nada.
El Valencia tenía delante una oportunidad de oro. Europa no estaba lejos, el calendario invitaba a creer y el rival parecía un escalón más que un muro. Pero este Valencia tiene un extraño talento: convertir las escaleras en precipicios. Donde otros equipos ven una oportunidad para dar un paso adelante, este equipo encuentra una excusa para quedarse quieto. Y eso ya no es mala suerte. Es una actitud.
El equipo de Carlos Corberán salió al campo como si el partido se fuese a ganar por inercia, como si la clasificación jugase sola, como si el escudo pesara más que las piernas. Pero el fútbol no funciona así. Nunca ha funcionado así. Y menos cuando enfrente hay un rival que pelea por sobrevivir.
El Oviedo jugó con urgencia. El Valencia con comodidad. Y en el fútbol, la comodidad es el primer paso hacia la mediocridad. Algo que ya está más que instaurado en el club valencianista desde sus dirigentes, hasta el último de los suplentes pasando por el entrenador.
Lo más preocupante no es la derrota. Es la sensación de costumbre. Este Valencia lleva toda la temporada cayendo en la misma trampa: cuando aparece un equipo de la zona baja, cuando el partido exige carácter, cuando el guion parece favorable… el equipo se diluye. Se relaja. Se acomoda. Se convierte en ese producto de bazar, de marca blanca que poco o nada tiene que ver con el Valencia que alguna vez conocimos.
Europa no se escapa solo por los puntos perdidos. Se escapa por la mentalidad perdedora que se instala en la mente de esta plantilla de conjuras. Porque mientras otros clubes aprietan los dientes en marzo, este Valencia parece pensar más en las Fallas que en el partido y suspirar de alivio cuando el duelo se vuelve gris.
Y ahí entra el entrenador. Corberán más que gris es un perro verde. Un entrenador atípico en sus relaciones interpersonales con los futbolistas que parece haber instalado una peligrosa zona de confort. No da con la tecla emocional. El equipo compite a ratos, pero rara vez muerde. Se mueve en una tibieza constante, en un fútbol correcto pero inofensivo, disciplinado pero sin hambre. Escogiendo partidos, rindiendo sólo cuando el agua alcanza al cuello.
Y hubo un Valencia CF que, cuando veía Europa cerca, corría más fuerte. No más lento. Perder contra el colista no solo alimenta a un rival que estaba casi desahuciado. También lanza un mensaje devastador: este Valencia no está preparado para ambicionar nada grande.
Porque la ambición no se dice. Se demuestra. Y aquí solo vemos lo pequeños que acabamos siendo.
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