OPINIÓN
Los 'ninots indultats' del Valencia CF
El club acumula demasiados años con dirigentes que no dan la cara exigiendo objetivos por los que competir ni delante de las cámaras ni de puertas para adentro con los futbolistas

Alguien en el club debería recordar a los futbolistas qué victorias y objetivos se celebran históricamente a los futbolistas / JM LOPEZ / LEV
Pascu Calabuig
Si el Valencia CF fuese una falla, sin duda, sería de categoría especial. No por la belleza del monumento, sino por la cantidad récord de 'ninots indultats' que escapan de la crítica. Los responsables de la elaboración de las plantillas más pésimas en 107 años de historia, que se cumplirán mañana, sonríen tranquilos mientras la traca se concentra en unos jugadores y un entrenador incapaces de colocarse entre los diez primeros de LaLiga.
La guerra ilegal iniciada este mes de marzo por Israel y Estados Unidos demuestra la importancia creciente en los tiempos que corren de la propaganda mediática. Una estrategia sobre la que el Valencia de los Lim, desde Singapur y València, lleva años dando lecciones magistrales. La consigna es sencilla y clara: "ensalza exageradamente lo, teóricamente, bueno, y miente o silencia lo malo".
Las mentiras continuas de Donald Trump o la desaparición del primer plano de Benjamin Netanyahu y el nuevo ayatolá, Mojtaba Jameneí, son ejemplos de todo esto en la guerra ilegal en la que el psicópata al frente de la primera potencia mundial quiere involucrarnos a todos. Menos trascendentales, por fortuna, son los falsos discursos y las apariciones a voluntad en prensa de los dirigentes valencianistas durante la última década. Resulta fácil acordarse de la censura a la que el aficionado fue sometido en las redes sociales del club bajo la presidencia de Anil Murthy, la desproporción entre lo que se trasmite a la caza política de un lugar en el Mundial 2030 y las verdaderas calidades del Nou Mestalla, o los 15 meses que Javier Solís, director general, acumula sin dar explicaciones de nada en los micrófonos públicos.
Cualquiera con un mínimo conocimiento sobre el funcionamiento del fútbol profesional no excusaría a los futbolistas del Valencia del drama al que entre todos han sumido al valencianismo. Sin embargo, tampoco debería de excluirse del análisis la razón principal por la que el murciélago del escudo no levanta cabeza durante casi siete años. Hacer ver que el problema pasa, sustancialmente, por que los jugadores regalaron media parte sin correr en el Carlos Tartiere es tomar por tonto al personal. Es fijarse en la fiebre y el dolor de cabeza cuando sabes que sufres una mal mayor. Esta no es la primera vez que el Valencia desaprovecha la oportunidad de mirar más arriba, ya lo hizo el año pasado y el anterior. Ni tampoco es la primera vez que este equipo la lía contra el Oviedo, ya lo hizo con Mestalla de testigo. Peor todavía.
Hablar y escribir de Peter, Kiat, Gourlay y Solís, en definitiva del 'Meriton Team', puede parecer aburrido, repetitivo e ineficaz, pero eso es tan cierto como que hacerlo se trata de centrar el problema. La enfermedad que consume al Valencia CF nace de la ausencia de inversión... y más allá. Más allá porque sin dinero sí hay clubes con otros valores de los que carecen los Lim y sus empleados en el 'Cap i Casal': profesionalidad, interés, sentimiento, ingenio y, especialmente, exigencia. Cualidades en la dirigencia, indultada por la sociedad valenciana y sus políticos, necesarias para un día volver a ver a la entidad más representativa de la Comunitat Valenciana en las competiciones UEFA, el espacio en el que se hace dinero en el mundo del balompié.
La derrota que empezó a fraguarse en la fiesta de fin de curso de Mestalla
La derrota del sábado bajo el incómodo manto de agua de la capital asturiana comenzó a fraguarse en los juegos florales posteriores a la remontada obrada frente al Glorioso Alavés en Mestalla. Celebración desbocada, tanto en el césped como en la grada, para la dimensión histórica de un club que ha ganado ligas y jugado finales de Champions. Los festejos y la euforia por alcanzar la duodécima plaza, rebasando la treintena de puntos, dieron vergüenza ajena. Alguien debió poner freno. Primero, el entrenador de manera inmediata en el terreno de juego. Después, a lo largo de la semana, alguno de los 'dirigentes fantasma', apuntando a objetivos mayores, manteniendo la tensión de un equipo que tras un día de épica y siete puntos de renta sobre la zona de descenso parecía estar de fiesta de fin de curso.
No pasó lo primero ni lo segundo. Solís, quien ha presumido de un pasado pasional mezclado con el pueblo en la grada de Mestalla, de vez en cuando podría echar una mano a un CEO de Fútbol en un club español que no habla ni para de español. Todo en orden en el caos del Valencia. El director general debería haber aprendido algo de Mateu Alemany y acercarse a ese vestuario para inyectar aunque sea una pequeña dosis de ambición, tratando de explicar con la ayuda del capitán, José Gayà, lo que significan los símbolos de este club. Entre otras muchas cosas, la obligación de mirar arriba con once jornadas por delante y un agujero económico de 230 millones de euros -por ejemplo, en la comparativa con el próximo rival, el Sevilla FC-, fruto de seis años sin pisar ninguna competición de la UEFA.
Danjuma: una apuesta que marca la temporada
Por supuesto, lo segundo tampoco sucedió. Hace falta ser 'perro viejo' para plantarse delante de un grupo de jugadores y mandarlo a la caseta porque el trabajo de la temporada no estaba terminado.
La entrega a Carlos Corberán de las llaves del club fue, meses atrás, la solución de los desahogados que gobiernan el Valencia. Lo fácil ahora es disparar los fuegos contra el entrenador y no contra los que siempre dejan solos a los entrenadores en un escenario del que ellos desaparecen. En verano escribí que la suerte del Valencia sería la suerte de Arnaut Danjuma. La apuesta de Corberán, la de rescatar a un futbolista que lleva tres años dando tumbos, era demasiado arriesgada. Muy fuerte. Digna de técnicos con mayor bagaje y experiencia, con el 'culo pelao' como decía Luis Aragonés. No hace falta irse muy lejos para encontrar un entrenador de ese perfil: Marcelino García Toral. El hombre que dio por imposible al neerlandés. ¡Qué curioso!
PD: El fútbol profesional requiere compromiso y calidad por parte de los jugadores, pero, sobre todo, una estructura profesional en la múltiple y diaria toma de decisiones y actuaciones que definen las diferencias entre aquellos equipos que se autogestionan y autoexigen, y los que, además, sienten el peso responsable de toda una institución, seria, por encima. En la crisis pandémica del Valencia todos somos culpables de encadenar años y años sin nuestra histórica cultura de club.
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