La paradoja de la España despoblada que se niega a acoger niños
La baja natalidad y el despoblamiento rural amenazan al equilibrio poblacional de numerosas regiones que, pese a ello, se niegan a acoger a niños migrantes

La paradoja de la España despoblada que se niega a acoger niños / LP/DLP
España se enfrenta a un gran reto. La baja natalidad y el despoblamiento de las zonas rurales comprometen no solo el futuro demográfico del país, sino también el equilibrio poblacional de Europa. Ante esto, la migración se perfila como una posible solución para revitalizar la España vaciada. Un argumento del que echan mano desde la política y que cobra aún más relevancia en el actual contexto de crispación marcado por el debate en torno al reparto de menores migrantes no acompañados: a un lado se sitúan las regiones gobernadas por el Partido Popular que tildan la distribución de «injusta porque utiliza a los chicos como moneda de cambio». Al otro, el Gobierno central que opina que el posicionamiento del PP es «racista». Pero en medio del embrollo político, los expertos aseguran que en un país de 48 millones de personas, «que recibe un número similar de turistas, no debe ser un problema acoger a un pequeño grupo de niños». Así lo explica el geógrafo y director del Observatorio de la Inmigración de Tenerife, Vicente Zapata. Su discurso toma aún más fuerza cuando se trata de aquellas zonas que han experimentado una pérdida de población y que las compromete «desde el punto de vista de su vitalidad humana o su dinámica económica» porque han desactivado la permanencia de ciertos servicios de carácter público o privado.
En esta situación se encuentran localidades pertenecientes a comunidades autónomas como Castilla-León, Castilla - La Mancha o Extremadura –autonomías que se han situado en contra del reparto–. Otras regiones como la valenciana han sido testigos de un desplazamiento de la población hacia los espacios urbanos y los servicios se han concentrado en las cabeceras comarcales, por lo que los pueblos del entorno tienen «serias dificultades para poder salir adelante porque cierran escuelas o centros de salud». La migración, en este contexto, desempeña un papel muy importante, dice Vicente Zapata quien agrega que «desde hace muchos años» las personas migrantes han visto oportunidades en esa parte interior del territorio. Ante esto, el foco debería situarse en que los territorios rurales vuelvan a ser espacios atractivos para el conjunto de la población: «No podemos permitir la creación de distintas categorías de ciudadanía, es decir, aquellos de primera, que viven en las ciudades, frente a quienes habitan el medio rural, y dentro de estos últimos, las personas migrantes. Reactivar el mundo rural debe ser un objetivo en sí mismo».
Casos de éxito
El ejemplo de Valencia, en palabras de Zapata, representa un caso de éxito. A la región llegaban ciudadanos del este de Europa y del norte de África. Se trataba «de un pequeño flujo» que se instalaban en el lugar, formaban una familia y esta iba creciendo. Esta dinámica supuso «un alivio porque había pueblos condenados a cerrar sus servicios» debido a la despoblación. El fenómeno migratorio permitió la revitalización de numerosas localidades en el país: «Hay pueblos enteros que le deben mucho al asentamiento de personas migrantes», afirma el geógrafo.
El éxodo de las personas migrantes se posiciona así como el único mecanismo del que se dispone actualmente para revitalizar las localidades despobladas. Ante esta tesitura, la pelota se sitúa en techo de las instituciones: "Hay que incentivar otros mecanismos y poner en marcha medidas fiscales y de políticas públicas equilibradoras, por ejemplo, hacer pagar más impuestos en las metrópolis y construir viviendas sociales en los lugares deprimidos y alejados". De esta forma lo explica el experto en Sociología Aniano Hernández. En este contexto, los municipios, las diputaciones y los gobiernos autonómicos «deben asumir un papel proactivo», facilitando procesos de inclusión social que permitan que la heterogeneidad funcione. Uno de estos ejemplos es el municipio grancanario de Artenara –gobernado por el Partido Popular– cuya acogida a menores migrantes no acompañados ha dado resultados positivos.
La migración, recuerdan los especialistas, no desaparecerá y a ello se añade que "no hay un cambio de comportamiento de la fecundidad a la vista", por lo que la población activa disminuye con respecto a las jubilaciones de los babyboomers. Frente a esto, la fuerza de trabajo "solo puede venir del extranjero". En muchos pueblos del interior de España, marcados por el envejecimiento y la despoblación, la llegada de personas migrantes está introduciendo una nueva dimensión social. Si bien esta presencia puede variar en intensidad, representa en todos los casos un «aporte transformador». El reto se sitúa en la integración y cohesión social. La convivencia es «fundamental» para que los territorios «funcionen bien». La clave está en invertir en procesos sociales para que las personas «se encuentren, dialoguen y construyan un nuevo proyecto de vida».
Desafíos
España, además, no parte de cero. Cuenta con «una profunda experiencia migratoria», tanto por ser país emisor durante décadas como por haberse convertido en uno de los principales destinos de migración en Europa. Actualmente, figura entre los países del mundo con mayor número de personas migrantes y sin los flujos migratorios «ni España ni ninguna región del planeta podrá sostenerse a medio o a largo plazo», asevera Zapata. De hecho, en territorios como Canarias, donde el envejecimiento avanza a gran velocidad y el crecimiento vegetativo ya es negativo, la migración «no es una opción, sino una necesidad». Aquellas regiones europeas que han observado un aumento notable de la población lo han hecho gracias a los procesos migratorios, algo que también ha experimentado el Archipiélago canario. Por definición, la migración "revitaliza el territorio", comenta Hernández. Sin embargo, el número de menores migrantes que acoge el país en la actualidad aún no podría representar "ninguna influencia" en relación con el envejeciminto.
Para Zapata, el verdadero desafío es garantizar la atención de los menores y su acompañamiento adecuado con los recursos necesarios y en condiciones dignas. Los muchachos «son personas jóvenes, con historias de vida complejas, que han nacido y crecido en otros contextos culturales y sociales. Muchos han recorrido largas distancias y enfrentado situaciones extremadamente difíciles para llegar hasta aquí. Ahora, aspiran a construir un futuro, ya sea en Canarias o en otras regiones de España», recuerda el geógrafo, quien recalca que el primer paso debe ser garantizarles una experiencia de vida «lo más digna y segura posible».
Otro aspecto especialmente sensible es el tránsito a la vida adulta. ¿Qué ocurre cuando estos jóvenes cumplen los 18 años y salen del sistema de protección? «No basta con garantizar su bienestar mientras son menores. Hay que acompañarlos también en su proceso de emancipación», señala Zapata, pues el apoyo debe ser «continuo» para evitar situaciones de vulnerabilidad y exclusión. Este proceso «debe implicar» a la sociedad en su conjunto y no solo a las instituciones ¿El objetivo? Crear una ciudadanía «sostenible».
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