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Erika Román Casado, colectivo LGBTIQ+: "Con siete años, sin identidad sexual definida, ya me llamaban bollera"

"Me convertí en absentista en el instituto porque los chicos me escupían, me insultaban y me pegaban continuamente y ni el director ni los profesores hacían nada"

Erika Román Casado, una joven zamorana del colectivo LGBTIQ+ en el Juan XXIII.

Erika Román Casado, una joven zamorana del colectivo LGBTIQ+ en el Juan XXIII. / Jose Luis Fernández

Susana Arizaga

Erika Román Casado se empoderó muy pronto. Tuvo que lidiar desde muy niña con los ataques que llegaban sin tregua del entorno escolar, blanco de acoso, de bullying, de niños y niñas de su barrio, San José Obrero. Antes de que ella misma tuviera construida su identidad sexual, "todavía no había interiorizado que me gustaban las mujeres, tenía 7 o 8 años", ya la señalaban como "la bollera de Sanjo, la marimacho".

Del cole guarda cuatro amigas, un grupito en el que "me sentía a gusto, bien", a Lidia, su confidente. "¿Ves aquella tapia al final del colegio? Cuatro gitanos me levantaron y me tiraron por bollera, marimacho, caí por el terraplén hasta abajo". Estaba en 5º de Primaria, mientras se precipitaba y rodaba "no pensaba en nada, tenía miedo, los gitanos me insultaban mogollón, me tenían..., y en el colegio no hicieron nada aunque lo sabían. Nos quedábamos a comer y solo nos dijeron que el primero que terminara podía salir al patio".

En ese curso escolar se le acabó el jugar al fútbol, en 6º tampoco "porque jugaban ellos, hasta entonces era una más con los compañeros de mi clase, nos habíamos criado en la misma clase desde la guardería y si tenía algún problema con alguno se lo decía a mi amiga Lidia. A ella le gustaban los chicos y a mí las chicas y nos lo contábamos. Sus padres también me querían mucho". El Club Amigos del Duero la acogió y allí mostró sus habilidades con el balón.

La joven zamorana observa desde la valla del Colegio Juan XXIII.

La joven zamorana observa desde la valla del Colegio Juan XXIII. / Jose Luis Fernández

Las batallas que afrontó Erika fueron aún más duras en el Instituto de La Vaguada"y lo peor es que los profesores lo sabían porque lo dije, mi madre fue a hablar con el orientador, el director, los profesores, pero nadie hacía nada". Le tiraron por las escaleras, la encerraban en los baños del patio con llave, detrás del pabellón grande, en los minijardines con valla, "buah, el día que no podía evitar ir para allí, me pillaban por banda y pa mí tenía, me pegaban". Llegaba a casa y su madre le decía, "Erika, hija, el día que vengas con la chaqueta sin escupir, con la mochila sin romper...". Eran los chicos de 3º, 4º, yo estaba en 1º. "Ahí yo ya era muy bollera y nunca me he metido en un armario, ni me he escondido".

Se convirtió en absentista, "no quería ir a clase y los profesores se preocuparon de darme castigo, de querer llamar a las asistentas sociales, pero no de solucionar el problema". En el centro de la diana, siempre estaba ella, nunca los agresores, los acosadores.

Su madurez con tan solo 22 años delata ese sufrimiento. Agradece infinito a su familia materna que "siempre me ha aceptado superbien"Su abuela, su tía Lorena, su madre que siempre lo supo. "Pero la gente de fuera, ¡puff!". Ahí estaba el infierno diario. Junto al colegio de Juan XIII va contando cómo algunas niñas de su barriada "me hacían el vacío, "¡que viene la lesbiana!", echaban a correr; o jugábamos al escondite y me dejaban sola".

Uno de los tatuajes de Erika dice "no lo puedes apreciar porque no lo sabes ver".

Uno de los tatuajes de Erika dice "no lo puedes apreciar porque no lo sabes ver". / Jose Luis Fernández

"¿Por qué me hacen esto?, no entendía"

La agresividad era psicológica, "o nos llevábamos bien o ellas, por un lado y yo, por otro". Pasó momentos peliagudos hasta bien entrada la adolescencia. Y el sentimiento siempre era el mismo, "¿por qué me hacen esto?, ¿qué les estoy haciendo?". Se describe como una niña generosa, "todo lo que tenía, lo daba aunque me quedara sin nada". No era conflictiva, la violencia no va con ella, pero las injusticias le enervan, "delante de mí no, porque no puedo".

En el patio interior de las casas junto al matadero viejo, donde vivía con su madre, recuerda como varios chicos la arrojaron de cabeza desde una de las torres de ladrillo, cayó a la zona de arena y me tuvieron que llevar al hospital, los ojos se le llenaron de arena, "me tuvieron que colocar uno tubitos en los lagrimales porque se obstruyeron".

Erika, pensativa a la entrada del bloque de pisos donde vivió con su madre.

Erika, pensativa a la entrada del bloque de pisos donde vivió con su madre. / Jose Luis Fernández

A los 17 años, decidió buscar un trabajo e independizarse, "nunca he tenido dificultades, yo respondo", en la vendimia, en una fábrica de galletas, en hostelería. Ahora está estudiando el acceso para el Grado Medio y hacer Técnico de Emergencias Sanitaria, "tuve una novia que se dedicaba a ello y me gustaba, creo que es una labor muy bonita".

La pérdida del padre

La muerte de su padre fue un punto de inflexión. Erika tenía 9 años y "maduré de un día para otro y empecé a plantearme cosas". No le dio tiempo a decirle que le gustaban las mujeres "y siempre he querido saber cómo se lo habría tomado, creo que lo sabía, pero que nunca dijo nada porque se lo tomó con naturalidad".

Con esa edad, a los 9, "ya veía a las niñas de diferente manera, pero no quería decir nada porque la gente se siente incómoda". Con 11 años se enamoró y dio su primer beso a una chica, "ahí supe que me gustaban las mujeres". Esta joven extrovertida, también ha estado con chicos, le han gustado "y, a día de hoy, sigue siendo así". Sin embargo, "solo podría tener un vínculo con una mujer, no sé por qué, con un hombre no soy capaz de sentir más allá", solo hay placer físico".

Erika Román Casado con las fotos de la comunión.

Erika Román Casado con las fotos de la comunión. / José Luis Fernández

Sigue sintiendo el rechazo de los más jóvenes, "no entiendo cómo se sigue matando a gente, pegando a gente por ser lesbiana, gay o lo que cada quien quiera". El respeto es lo que falta, "¡qué más da que seas blanco, negro, rubio, se es persona".

Si las lesbianas siguen en el armario "es por miedo, si siendo mujer tienes posibilidades de que te ocurran cosas, siendo lesbiana, más". Los gays se hacen notar más, "las lesbianas no lo pregonamos, tampoco hace falta que nos pregunten".

El rechazo de los heterosexuales sigue ahí, "hombres que desprenden testosterona, "aquí estoy, voto a Vox", y esos mismos se han querido ir a la cama conmigo. Se cuelgan una medallita, en plan, "¡he hecho mujer!", les damos morbo, me decía una amiga".

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Vía: La Opinión de Zamora