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Javier Giraldo

Javier Giraldo

Subdirector.

Cuando el VAR adultera el fútbol

El árbitro Martínez Munuera señala una falta contra el Barcelona, durante el partido de ida de la semifinales de la Copa del Rey que Atlético de Madrid y FC Barcelona disputan este jueves en el estadio Metropolitano, en Madrid

El árbitro Martínez Munuera señala una falta contra el Barcelona, durante el partido de ida de la semifinales de la Copa del Rey que Atlético de Madrid y FC Barcelona disputan este jueves en el estadio Metropolitano, en Madrid / EFE

El VAR desembarcó en el mundo del fútbol coincidiendo con el Mundial 2018, donde la herramienta se aplicó con cordura y sentido común: solo cuando era estrictamente necesario. Los árbitros de campo mantenían el control del partido, y consultaban la pantalla en casos muy relevantes. El videoarbitraje parecía un invento inmejorable, capaz de acabar con la polémica arbitral y con las injusticias arbitrales.

Nada de eso sucede ya en el fútbol actual. La aplicación del VAR amenaza con desvirtuar absolutamente el juego: le ocurrió por ejemplo al Barça en su partido de Copa ante el Atlético en el Metropolitano, cuando el videoarbitraje anuló el gol de Cubarsí.

No fue solo el hecho de que el gol no fuese válido (discutible, porque fue una cuestión de milímetros, y no del todo bien explicada), sino, sobre todo, que esa interrupción (siete minutos) rompió absolutamente el ritmo del partido. En ese momento, el Barça estaba en un momento claramente ascendente, pero esos siete minutos lo frenaron de golpe.

El fútbol siempre fue un juego fluido, de escasas interrupciones, pero ahora se ha convertido en una interrupción constante que desquicia a los jugadores y aleja a los espectadores.

El problema añadido, nunca mejor dicho, son los añadidos: es habitual que los partidos de Liga tengan ahora unos descuentos de ocho, diez o doce minutos. El partido entre el Betis y el Rayo, por ejemplo, se fue a los 14 minutos de añadido; es decir, el equivalente a la primera parte de una prórroga. No es razonable ni lógico: tener un cuarto de hora de juego extra condiciona y adultera el partido. Si los partidos van a tener tanto añadido, quizá convendía replantearse la duración de los partidos: ¿dos partes de 40 minutos, quizás?

Se acerca un Mundial, que suele ejercer como banco de pruebas y altavoz de posibles cambios: una excelente oportunidad para que FIFA intente arreglar lo que no funciona del fútbol actual. Que el juego no sea fluido es una aberración que atenta contra la naturaleza del fútbol.

La FIFA debería tomar nota, aunque no parecen muy preocupados los dirigentes del fútbol mundial, más empeñados en hacerse fotos con Donald Trump que en cuidar la salud de un deporte que, pese a todo, sigue atrayendo masas.

Es un milagro que en estos tiempos de ‘multiatención’, con tantos motivos para distraerse, siga habiendo gente dispuesta a sentarse ante la tele durante 90 minutos seguidos.

Si además, son 100 o 110 minutos, el mérito es doble. No estaría de más sentarse a reflexionar hacia dónde va este deporte y qué futuro le espera al fútbol si abundan las interrupciones y los añadidos surrealistas.