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Lluís Carrasco

Lluís Carrasco

Colaborador de SPORT.

¿Superliga o Super-figa?

Laporta y Florentino han roto relaciones

Laporta y Florentino han roto relaciones / SERGIO PEREZ / EFE

En mi país, cuando un proyecto cae, una empresa fracasa o cuando algo no funciona, decimos que “ha fet figa”... Y, me perdonarán, pero hoy viene “a huevo” el título que les propongo. ¿No les parece?

Florentino Pérez tuvo un sueño. Un sueño húmedo de mármol blanco, palco VIP, traje caro y caja registradora sonando como un himno nacional. Lo llamó Superliga, y resultó que no lo fue: mucho humo, mucha pose… y, al final, pura ceniza. Quiso vendernos que era el fútbol del fútbol, la revolución necesaria, el gran salto adelante. Pero no. Era un fútbol sin pobres, sin sorpresas y, a ser posible, sin socios o aficionados exigentes e impertinentes. Una liga cerrada, un club exclusivo de millonarios jugando entre millonarios, un Monopoly con camisetas de colores y escudos históricos convertidos en fichas de compra-venta. Porque, seamos honestos, esto no iba de salvar el fútbol. Iba de salvar el fútbol de los despachos, el de las cuentas, el de “yo mando y tú pagas”, el de “si no gano, cambio las reglas”.

Pero la gente —qué fastidio, la gente— no tragó. Los socios y aficionados, esos seres tan burdos y básicos que todavía creen que esto va de pasión y no de balances, entendieron rápido la estafa: eso no era una revolución, era un atraco con corbata, puro caro y menú degustación clandestino. La Superliga del poder fue diluyéndose como la fuerza de su propio creador, que veía cómo su eterno rival se regocijaba una y otra vez, pasándole por encima en la competición doméstica. El proyecto iba adquiriendo ese inquietante color a difunto en su intento de embalsamar el fútbol para la eternidad de los de siempre.

Florentino quería una Champions sin incómodos, sin Ludogorets, sin Slavias ni Ferencváros, sin épicas ni milagros, sin esas bombas que hacen que el fútbol sea, en realidad, fútbol. Solo él, los suyos. Y el resto, que se quede fuera, como pobres mirando a través de la valla en la puerta de un casino iluminado. Quería el negocio perfecto: ningún riesgo, poca gloria y mucha pasta: el cuento eterno de los grandes repartiéndose el pastel mientras predican la solidaridad.

Eso sí: de todo este ridículo ha derivado un resultado. La UEFA adaptó la Champions con más partidos de élite, más igualdad, más emoción y menos vampiros de sofá con shisha en un palco sobrado de ornamentos dorados.

Y es que, gracias a Dios, el fútbol no es de los presidentes, ni de los fondos de inversión, ni de los abogados suizos. El fútbol es de la gente. Y la gente, Sr. Pérez, ha apagado su puro. Y su humo ya no tapa la realidad.