Opinión

Colaborador.
La soberbia de unos calendarios soberbios

Los pilotos de Fórmula 1 durante el GP de Arabia Saudí de 2025 / EFE
Confeccionar el calendario de los Grandes Premios de cada temporada -sea de motos o de F1- no es una tarea nada fácil. Ni tan siquiera ahora que los dos principales certámenes del motorsport mundial se cobijan bajo el mismo paraguas, el de Liberty Media.
Son muchos los factores que hay que combinar para hacer cada temporada viable, mucho más allá de una planificación logística que sea factible y sostenible, al menos desde el punto de vista económico.
La cosa se complica aún más cuando cada vez los cursos son más largos y viajan hacia escenarios tan distantes. Pero cuando además converge un elemento tan impredecible como es una guerra, el quebradero de cabeza para que el puzzle sea posible llega a extremos de máxima complejidad.
Lo vimos en 2010 cuando la erupción del famoso volcán de nombre impronunciable, una década más tarde con el estallido de la pandemia del Covid, y ahora con el conflicto en Oriente Medio.
La anulación de las carreras de Sakhir y Jeddah parará la actividad en pista de la F1 durante cinco semanas, apenas arrancado el campeonato. Y el aplazamiento de la de Lusail en MotoGP hasta (teóricamente) el final de temporada -si es que la situación geopolítica lo permite entonces- ha metido un boquete al calendario de las motos de casi un mes. Una situación nunca vista, y que invita a la reflexión.
Personalmente nunca me han convencido las temporadas tan largas. Y si bien es cierto que los derechos televisivos más cotizados del motorsport son los de la Nascar en Estados Unidos -36 carreras puntuables, más otras dos de exhibición- semejante ejemplo no admite comparación con MotoGP o F1.
Es complicado que el aficionado de “a pie” -no el petrolhead- mantenga la atención fijada durante 24 carreras de F1 (más otras seis al sprint), o durante 22 fines de semana de motos (con carrera “doble” en cada uno de ellos). Creo que “menos sería más” porque la “deseabilidad” que despertaría cada GP probablemente sería mayor con una cadencia mejor dosificada.
Hay varios factores que juegan en contra de unos calendarios tan ambiciosos. Uno de ellos, puede que el principal, se da cuando los “héroes locales” no consiguen los resultados que esperan sus seguidores nacionales. Es obvio que este mundial de F1 se hará tremendamente largo para Fernando Alonso y Carlos Sainz; también puede ser eterno para sus incondicionales.
Otro de los riesgos a asumir es lo que nos pasa ahora: que se genere una brecha en la programación de las carreras por factores externos a los campeonatos, por hechos incontrolables que ponen a prueba el juego de cintura de sus organizadores para reaccionar y adaptarse a las nuevas circunstancias.
Un agujero en el ritmo habitual de carreras en un mes tan denso como suele ser abril puede traer también una “desconexión” por parte de los aficionados menos adictos, susceptibles de descolgarse del tren del interés ante una pausa tan extraña como inoportuna. Paradojas: o tenemos demasiada actividad, o poca.
Siendo egoístas es cierto que este abrupto frenazo puede ir bien para algunas cosas. Las dudas que ha generado el nuevo reglamento técnico de la F1 pueden quedar parcialmente resueltas con este tiempo extra que los equipos reciben ahora para intentar solucionar en sus bases los problemas aparecidos en las pistas. Hablando claro: unos intentarán reducir la diferencia que les saca Mercedes a todos, y otros como Williams o Aston Martin salir de ese bochornoso ridículo en el que se encuentran anclados.
Y en el caso de MotoGP, tras las primeras carreras todas las marcas deben intentar aproximarse a Aprilia, y a pilotos como Marc Márquez o Maverick Viñales el paréntesis sorprendente en la competición les debería ir muy bien para terminar de poner su físico a punto para la próxima carrera, la de Jerez, que para muchos ha marcado históricamente el verdadero inicio de la temporada regular.
Nunca llueve a gusto de todos, es cierto. Pero este frenazo a la velocidad habitual de los campeonatos debería ser también una cura de humildad al exceso de avaricia de sus promotores. Corren el riesgo de morir de éxito por culpa de su codicia al planificar tantas carreras al año.

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