Opinión

Redactor.
Una retirada triste por no saber decir "te quise"
La celebración del recuerdo no puede obviar el dolor del presente y concluir, maldita sea, que lo que Nadal se ha hecho a sí mismo no era lo que Nadal merecía

Rafa Nadal levanta la Copa de los Mosqueteros tras su 14º triunfo en Roland Garros. / EFE
¿Cómo culpar a Rafa Nadal, si a todos nos ha pasado alguna vez? Despertarse un domingo sin saber si es la hora de desayunar o la de merendar y pensar que habría sido mejor marcharte antes de entrar al último bar, antes de la ocurrencia fatal de “¿vamos a un ‘after’?. Decirle a esa chica que lo nuestro no va a ninguna parte, ya con heridas innecesarias en el corazón, cuando hace semanas o meses que sabías que aquello ya no iba a ninguna parte. Ahorrarse ‘te quieros’ vacíos por no haber tenido el arrojo de decir ‘te quise’. Saber parar a tiempo cuando el desenlace es tan inevitable como doloroso.
¿Cómo culpar a Rafa Nadal por no haber detenido el tiempo el 5 de junio de 2022? Ese día, el mejor deportista de la historia de España sumó su 14º Roland Garros estando totalmente cojo. Las dosis de anestesia durante dos semanas enjugaron un insoportable dolor en el pie izquierdo y le llevaron, una vez más, a la cima del tenis mundial. Un mes después, la tortura se transportó a su abdomen y le llevó a abandonar Wimbledon cuando tenía que disputar una de las semifinales. Ese fue su verdadero final, Desde entonces, hasta hoy en Málaga, un innecesario calvario hacia una retirada triste, una que no merecía una leyenda de su envergadura, tan inmenso Rafa, tan global, tan ejemplar. Ninguno como él.
El adiós llega dos años tarde
Lo único que se le podrá reprochar a Nadal es esto, no haber sabido decir adiós. Pertinaz en su derecho, indiscutible, a retirarse en sus propios términos, Rafa ha acabado convirtiendo su último año, tras un 2023 en blanco por las lesiones, en un viacrucis. Su adiós en primera ronda en Roland Garros y en segunda en los Juegos Olímpicos gozaron del apreciable asterisco del nivel de los verdugos, Sasha Zverev en el Grand Slam, el inigualable Novak Djokovic en la cita olímpica. Nada puede maquillar su derrota en la Davis frente a un tenista casi anónimo, el 80º del mundo, un Botic van de Zandschulp que ni en sus mejores sueños imaginó ser el último hombre en derrotar a Rafa Nadal, una historia para sus nietos.
“Mi nivel no ha sido como para volver a elegirme”, reconocía el balear, con humildad, después del que ha acabado siendo el último partido de una legendaria carrera de dos décadas. En ese momento no sabía que ese sería el final, confiando en una doble victoria de su heredero Carlos Alcaraz que no llegó, derrotada la pareja de dobles que formó con Marcel Granollers. Retirado él como consecuencia y eliminada España de la Copa Davis, adiós a la séptima Ensaladera, aunque el título estuviera en segundo plano ante la magnitud del mito y la trascendencia generacional de su adiós al tenis.
Lo que Nadal no merecía
Es fácil, claro, sentenciar ahora, a toro pasado, que todo lo ocurrido desde el 5 de junio de 2022 ha sido prescindible. Que lo deseable, incluso, es que no hubiera existido. Pero la celebración del recuerdo no puede obviar el dolor del presente y concluir, maldita sea, que lo que Nadal se ha hecho a sí mismo no era lo que Nadal merecía. Hasta la hora de la retirada, encarando la madrugada de un miércoles de noviembre, ensucia el hito.
Hoy es el día de celebrar la carrera incomparable de Rafa Nadal, del legado que deja y de los felices que nos ha hecho a todos los que, españoles o no, hemos disfrutado de sus hazañas sobre las pistas. Hoy es el día de encumbrar al mito, de sacarlo a hombros de nuestras propias vidas. Sí. Cómo no. Pero hoy también es el día de aprender que, cuando el amor ha sido tan inmenso, hay que tener la valentía de decir ‘te quise’ antes de que sea demasiado tarde. Y Rafa no supo.
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