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Opinión

Denís Iglesias

Denís Iglesias

Redactor de Real Madrid.

Nueva York (Enviado especial)

Modric against modern football

Luka Modric, durante el partido frente a la Juventus.

Luka Modric, durante el partido frente a la Juventus. / Rebecca Blackwell / AP

El Real Madrid está tan enfrascado en ganar el Mundial de Clubes que a veces se olvida de que esta competición será la última con Modric en el campo. No hay mejor regalo para una trayectoria extraordinaria como la del croata que un título inédito que unir a su colección infinita. En el primer partido, con Xabi Alonso todavía buscando su réplica en el campo, todas las miradas se dirigieron al único mediocampista que había rendido a un nivel aceptable en la base de una jugada que ha ocupado Güler, propiciando, al final, el esperado relevo.

Esto ha permitido a Modric disfrutar de sus últimos días como madridista. Lo hace en contra de su voluntad, porque el deseo de retirarse en el club blanco siempre ha sido una máxima en su pensamiento. Entendió hace dos años que su protagonismo no volvería ser el mismo y que el doble pivote que formaba con Kroos se iba a convertir en una sociedad limitada del alemán. La salida del '8' abrió tal socavón que tuvo que ponerse de nuevo la funda para repartir juego en un equipo que lo había perdido.

Cuando creyó que ese último servicio a la causa le ayudaría a colgar la camiseta del Bernabéu, la innegociable renovación del Real Madrid que fracasó a lomos de Ancelotti se lo llevó por delante. "No llores porque ha terminado, sonríe porque sucedió", es el epitafio que se ha llevado un jugador en vías de extinción. Pertenece al otro fútbol en el que varias generaciones nos hemos criado. El que habla de niños de las guerras como él que ahora se consideran batallitas del abuelo cuando el pasado tiene la maldita manía de repetirse cada dos por tres.

Modric es el hilo conductor de la historia del Real Madrid reciente. Un futbolista que ha hecho sufrir a los rivales de su club lo indecible. Con todo, nunca el dolor provocado se ha transformado en odio, como sí sucede con otros ídolos del presente. El fútbol se va quedando poco a poco sin capitanes. Quedan líderes, algunos nacidos del coaching, otros del marketing y todavía queda algún proyecto de brazalete genuino como el que encabeza Valverde. El uruguayo es el mejor heredero del sistema erigido por la quinta de Modric a la que empujan a paraísos millonarios.

El de Zadar fue una tentación de Arabia hasta que Oriente Próximo entendió que no era Vinicius, ni Cristiano ni nada que se le pareciese. En su forma de ser nunca ha encajado estar encerrado en un palacio viendo los millones caer del techo. Sea con el Mar Rojo enfrente o con el Atlántico mojando sus pies en la MLS. Modric quiere montarse en un Fiat 124 y rodar por las calles de Milan como 'rossonero'. El club que mejores retiros ofrece en Europa y que evidencia, como ningún otro, que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Como el cine, que nunca repetirá las cintas de Fellini donde Modric parece ahora Guido Anselmi en su propio 8½. Un director de cine en plena crisis existencial que no sabe cómo parar el proyector de la Dolce Vita que vivió en Madrid. Es la antítesis del fútbol moderno, que bien entendido, como lo hace Xabi Alonso, puede ser una potente herramienta de entretenimiento y comunicación.

El mundo en el que creció y creyó Luka ya no existe salvo en escenarios sentimentales como San Siro. Si algo hay que agradecerle al Mundial de Clubes es el último baile de las estrellas que ya no volverán. La maldita nostalgia que invade un deporte que, aunque esté omnipresente con mil torneos, cada vez interesa con menos pasión al conjunto de la gente.

El croata mira la hora pensando en que no quiere más homenajes, simplemente jugar al fútbol al único nivel que ha entendido. En la élite, con el interior y luciendo media melena. Un último deseo que el Madrid no quiso cumplirle, rompiendo una historia de fidelidad que provocará la rareza de ver a Modric vestido de otro color que no es el blanco, para subirse al altar en una relación final donde nunca faltarán los aplausos.