Opinión

Redactor de la sección Barça
Lamine Yamal es un milagro
No todo se explica desde la razón porque, si así fuera, el mundo sería muy aburrido

Balde levanta la camiseta de Lamine Yamal para resaltar su nombre / VALENTÍ ENRICH
Lamine Yamal es un milagro. Es la multiplicación de los peces y los panes, la curación de un par de ciegos, uno de nacimiento y otro que dejó de ver a medio camino de la muerte. Este chaval es la resurrección del hijo del primo de la cuñada del tío viudo de Naín y también es fruto de la apertura del mar para que quienes lo cruzan en patera puedan atravesarlo sin jugarse la vida. Tiene el nombre de quienes acogieron a sus padres y cuyo significado habla de lealtad, honestidad y belleza. Tan cierto es que el apelativo viene siempre acompañado de connotaciones positivas como que, en este caso, coinciden con quien carga desde hace diecisiete años con los suyos.
Lamine Yamal vive rodeado por un mundo de dudas, miedos, suspicacias y recelos que, en el fondo, son fruto de la inseguridad de quienes así se sienten cuando le ven jugar a fútbol. Y es normal que así sea porque lo que ven cuando este chaval agarra el balón les convierte a todos en los niños disfrutones que se balancean en el parque sin preocupación alguna. Y esa sensación es tan placentera que no quieren dejar de experimentarla. Lamine Yamal es la pura droga sin cortar rapeada por Violadores del Verso en 1999: “Lo siento, en esta letra no hay mensaje, el mensaje soy yo”.
Este chaval es un milagro y los milagros no tienen explicación; lo son y punto. Cualquier nacimiento es un milagro, claro, pero algunos más que otros porque ¿cuántas posibilidades había de que Sheila y Mounir, nacidos a casi 4.000 kilómetros de distancia, tuvieran un hijo en Catalunya? ¿Y cuántas opciones había de que su hijo fuera bendecido por Leo Messi, que entonces iba camino de convertirse en el mejor futbolista de la historia, en un reportaje para este diario cuando Lamine Yamal era solo un bebé? No todo se explica desde la razón porque, si así fuera, el mundo sería muy aburrido y este niño crecido en Rocafonda ha venido a pasárselo bien.

Gavi abraza a Lamine Yamal ante Koundé / JAVI FERRÁNDIZ
No es ni La Masia, ni sus captadores de talento, ni siquiera es el Barça o quienes toman las decisiones en el club. Tampoco sus entrenadores y compañeros tienen nada que ver. Lo de Lamine Yamal es pura magia, algo que iba a pasar y que ha pasado y pasará y quienes han acompañado durante estos diecisiete años al protagonista de esta bonita historia han sido colocados de forma precisa por el universo para que todo fluya. Por supuesto que no nota la presión de estar donde está y nadie le ha enseñado a no notarla. Es todo mucho más sencillo de explicar y, a la vez, difícil de entender para quienes buscan un sentido a todo lo que les rodea. Lamine Yamal ha venido a recordar, al fútbol en general y al barcelonismo en particular, que los milagros existen.
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