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Opinión

Xavier Ortuño

Xavier Ortuño

Subdirector de SPORT

La bofetada de Simeone y la receta de Flick para Girona

Flick: "Toqué a la puerta del vestuario de los árbitros en el Metropolitano y hablamos"

Flick: "Toqué a la puerta del vestuario de los árbitros en el Metropolitano y hablamos"

Suceden de vez en cuando, pero lo importante es cómo reaccionas”. Con esta frase, Hansi Flick despachó ayer el 4-0 del Metropolitano. Sin dramas, sin incendios y, sobre todo, sin excusas. El técnico alemán sabe que en el Barça un revolcón así escuece, pero su receta es pragmatismo puro: menos lamentos y más fútbol. Para Flick, el desastre en Copa es un accidente que solo se cura con una respuesta inmediata hoy en Montilivi. Lo mejor de Flick ayer fue su ejercicio de liderazgo. Mientras el club enviaba quejas formales a la Federación por el “expediente X” del VAR con Cubarsí, él cerró la carpeta de golpe: “No fue culpa del árbitro que perdiéramos”. Es una lección de madurez necesaria. Al quitarle al vestuario la manta del victimismo, Flick les obliga a mirarse al espejo. Si el Barça cayó con estrépito, no fue por los siete minutos de deliberación de Martínez Munuera, sino por no estar a la altura física y mental que exigía el guion.

Pero las palabras se las lleva el viento si no hay hechos. Flick ha puesto la vara de medir en la “actitud competitiva” y hoy el equipo tiene que demostrar que ha entendido el mensaje. No vale con ser mejores técnicamente; hay que querer ganar cada duelo desde el primer segundo, algo que, según el técnico, “no siempre sucede”.

El espejo donde no mirarse es precisamente el Atlético. Tras el subidón de la Copa, hemos visto la otra cara de la moneda: un equipo que ha querido cambiar a medio once y ha perdido por el camino todo su espíritu competitivo.

Ese es el riesgo de la autocomplacencia. Flick ha detectado el virus y ha puesto la vacuna en la sala de prensa. Ahora toca que los jugadores den el callo en Montilivi para demostrar que lo de Madrid fue, efectivamente, solo un accidente. Se trata de evitar el ridículo de Simeone, que tras rotar en exceso acabó escuchando cómo su propio vestuario se preguntaba en público si ayer tocaba competir o irse de paseo