1-1 | El Dépor no doma el vértigo y el Málaga se le escurre entre los dedos
Dispuso de más ocasiones de gol y se adelantó en un partido jugado a corazón abierto, pero le empataron a balón parado

VÍDEO RESUMEN | Los goles y las mejores jugadas del Deportivo-Málaga / RCD
Carlos Miranda
Con el corazón en la mano, a lomos de Riazor y con la valentía y el fútbol que le ha faltado en otros momentos de la temporada, el Deportivo se lanzó a tumba abierta a por un enorme Málaga que se le escurrió entre los dedos. Percutió, percutió, se adelantó en el marcador y lo tuvo contra las cuerdas. Resultó imposible para los coruñeses en uno de los partidos más pasionales de los últimos tiempos, jugado con los pies, con la cabeza y con el alma, y que no premió al que fue mejor. El equipo coruñés, con Soriano y Altimira al comando, puede perder este fin de semana la zona de ascenso directo, pero gana crédito y cuajo para lo que tiene por delante. Así sí, así sí se puede ir al final del mundo con un equipo que será mejor o peor, pero que confía en lo que hace, que se siente predestinado y que está en una misión, ascender a Primera División.
Si la electricidad que circulaba por Riazor se pudiese vender, el Dépor se habría hecho de oro. En la previa, en el pitido inicial, en cada una de las acometidas del Málaga, en cada una de las descargas del Dépor. Vértigo, vértigo y más vértigo. El fútbol en su pura esencia, la que más encandila. Hidalgo sentó a cuatro titulares ante el Córdoba para recuperar su once más reconocible, sin Mella y Yeremay. Esa apuesta que le ha dado la manija a Soriano, las bandas a Ximo, Altimira y Quagliata y el timón en ataque a Stoichkov y Bil. Siempre con valladares como Noubi y Loureiro.
El Málaga pronto demostró que es de esos equipos que pide perdón antes que permiso. Se agarró a la pelota y a la verticalidad y se precipitaba descarado hacia la cobertura del Dépor que estuvo más tiempo del que hubiera sido recomendable defendiéndose en torno a su área. Tampoco es una realidad en la que se sienta del todo incómodo, siempre que vea llanuras por recorrer y le dejen lanzarse al galope.
Era un choque de ataques a oleadas, esos que nacían en los pies de Juanpe o Izán y que se asomaban en el área con la amenaza de Joaquín, Ochoa o Larrubia, con la amenaza de Rafita o Puga. Un equipo envidiable. Por su calidad, pero ante todo por esa fe que lleva dentro y que les empuja a intentarlo todo, a atreverse, a no quedarse nunca corto. No tuvieron ocasiones claras en ese primer periodo, pero sí que es cierto que la sensación de peligro era extrema, incluso agotadora. Sello de candidato al ascenso de verdad, sin tener que mirar siquiera la clasificación.
Pero el Dépor aguantó el pulso. Quería tener paciencia para atraerlos, pero en realidad no era capaz de encontrar fisuras metros más adelante. Cuando realmente hacía daño era cuando robaba, cuando presionaba arriba, cuando se fajaba en pelotas divididas, cuando se lanzaba desbocado, mientras la grada le bombeaba sangre. Cuando Riazor está así...
Altimira, un futbolista absolutamente desatado, empezó y acabó las hostilidades en ese primer periodo. Probó a Alfonso Herrero al cuarto de hora y, por el medio, no se cansó de hacerlo. También casi al descanso, en un regate imposible, que el meta aún no sabe cómo paró. También hubo una volea de Stoichkov, otro lanzamiento de Ximo Navarro. En realidad, Stoichkov y Bil fueron una pesadilla para Montero, Murillo y Puga, en pelotas sueltas, hicieron sudar tinta a la cobertura andaluza. El camerunés disfrutó de dos oportunidades que le generarán desvelos. A Stoichkov le anularon un tanto en el minuto 26 por un fuera de juego que era por medio brazo. Correcto, también doloroso. Riazor había celebrado a la grande, estaba con el corazón abierto. Inquietudes, miedos, día grande...
Sin descanso
El Dépor se fue a vestuarios en el intervalo, pero el descanso no llegó a él. Salió pronto a calentar y, en cuanto pisó el terreno de juego, se lanzó de nuevo a por su rival. Ni se había enfriado. Había cuentas pendientes por resolver. Dos o tres jugadas eléctricas de banda a banda y en una le quedó una pelota en el área a Giacomo Quagliata. Era un caramelo. Él vio gol, todos vieron gol. Alguno hasta lo cantó. Se fue a las nubes. Uno de muchos uys que se vivieron en la grada de Riazor durante un segundo acto en el que el equipo coruñés no dejó respirar al Málaga en los primeros veinte y cinco minutos a su oponente.
Quien asumió de nuevo el mando de las operaciones en ataque fue Altimira. Un bendito loco. No tiene fin, no tiene descanso, no tiene correa. Es un martillo. Por la izquierda encontró réplica en Quagliata, quien también se alimenta del ambiente, de esa adrenalina. En una de esas tolemias ofensivas, Rafita tuvo que sacar una pelota bajo palos. Riazor maldecía, los jugadores también. Era el camino.
El Málaga supo pronto que debía huir de ese partido unidireccional en el que le había metido el Dépor. Una ratonera. Volvió a enseñar los dientes el cuadro andaluz. Hasta rozó el gol con una pelota a la escuadra, preludio del gran estallido blanquiazul. Fueron intervalos boquerones en el medio de una avalancha, sin el premio merecido para los blanquiazules. Diez ocasiones de gol por una de su rival. Obtuvo el gol, rozó el triunfo, le igualaron. Duele, más con esa ola de ilusión que le empuja y le exige desde todos los asientos del estadio.
Después de esa pelota al travesaño, fue cuando llegó la cabalgada de Mulattieri, quien se aprovechó de la defensa blanda de Montero, un ex del Dépor, para hacer el 1-0 e inscrutarse entre los brazos del fondo de Marathón. Había que apretar los dientes, parecía la alegría definitiva. No lo fue.
El Málaga, aún insuflado por esa fe que tiene para regalar, se fue a por la meta de Ferllo. Lo que no pudo conseguir en jugada acabó cerrándolo a balón parado, en un saque de esquina que embocó Niño. Peligró hasta el empate. Pero el Dépor sacó un pulmón de donde no tenía. Se tiró montaña abajo. No hubo manera, a pesar de que las oportunidades brotaron. No fue el día, no hubo suerte. Ojalá hubiera jugado así más veces en Riazor.
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