Jonathan Edwards pierde la fe
Después de una larga carrera llena de triunfos dedicados a Dios, el atleta reconoce haber perdido la fe
Su vida ha dado un vuelco sideral. Jonathan Edwards, conocido mundialmente por sus registros atléticos, asume que atraviesa un difícil momento personal. Su existencia, antaño exitosa, se dirime ahora más cerca del abismo que del cielo. Los tabloides ingleses hablan de él y no paran. Recuerdan que el deportista que hizo gala de una fe inquebrantable se aleja a grandes pasos de ese mismo Dios que tuvo por bandera.
Su matrimonio está al borde de la ruptura y aseguran algunos de sus allegados que ya no visita con regularidad la iglesia. El todavía vigente plusmarquista mundial de triple salto pide tiempo, paciencia y también respeto pero eso es difícil de obtener en un país cuya prensa sensacionalista se ha lanzado sobre sus restos como ave carroñera. Edwards, ahora, es presa fácil. Se hunde en el fango irremisiblemente y sólo su círculo de amistades le protege del acoso mediático.
Si realmente había algo que caracterizaba a este espigado londinse era su fe en Dios. Su vida siempre estuvo ligada a la religión. Todavía se recuerda que el triplista británico se negó a competir durante años en domingo para no mancillar la doctrina que le enseñó su padre, pastor anglicano. Tuvo severos enfrentamientos con los dirigentes de la federación de atletismo de su país, que trataron de convencerle en vano. El se resistió. Primero estaba su fe; después, el deporte.
Hubo que esperar hasta 1993 para que el atleta se convenciese de que tenía un don natural. Y ese talento necesitaba expresarse sin ataduras de ningún tipo.
Sin dejar de lado su militancia religiosa, decidió emplearse a fondo en su carrera atlética. Fue entonces cuando su vida profesional sufrió un vuelco. Poco a poco empezaron a llegar los éxitos. En 1993 consiguió la medalla de bronce en los Mundiales de Stuttgart, dos años más tarde estableció el récord del mundo en Salamanca con un registro de 17, 98 metros y un domingo de ese mismo año, en los Mundiales de Gotteborg, 'voló' hasta unos estratosféricos 18,43 metros, que esa es la plusmarca vigente. En el 2000 cumplió su sueño y ganó el oro olímpico. La gente hablaba de él. Era famoso, popular... Su nombre pasó a la historia muy próximo al de Eric Liddell, personaje legendario que quedó inmortalizado en la película 'Carros de Fuego'.
Tres años después de su retirada, su fortaleza religiosa se ha derrumbado. Ahora es una persona vulnerable. Ya no tiene el deporte que le proteja. Dicen que su crisis personal puede ir a más. ¿Hasta dónde? Nadie lo sabe.
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