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Newsletter de Deportes

La pena del delantero

El análisis semanal del presente, pasado y futuro del deporte con Juan Carlos Álvarez

Newsletter de actualidad deportivo por Juan Carlos Álvarez

Newsletter de actualidad deportivo por Juan Carlos Álvarez

Juan Carlos Álvarez

Hoy vengo a hacer un poco de antropología en relación al singular gremio de los delanteros y la persecución a la que se ven sometidos algunos de ellos. En las despiadadas décadas de los setenta, ochenta, noventa…el oficio de central se moldeó (también valdría pervirtió) con la idea de martirizar a las principales estrellas del equipo rival que, por lo general, eran sus goleadores. A los defensas de ese espacio temporal se les calibraba por tamaño, rapidez y contundencia que en muchos casos era directamente violencia. El arbitraje se inhibió y los delanteros sufrieron verdaderas cacerías hasta que muchos de ellos decidieron defenderse con armas parecidas o peores. Las patadas empezaron a cambiar de dirección y el juego se envileció por completo sin que aquello tuviese demasiadas consecuencias a nivel disciplinario. Se instauró la ley de la selva. Había licencia para atizar, pocos ojos mirando y casi nadie juzgando.

Aquello fue evolucionando hacia algo parecido a la civilización. Los canallas profesionales dejaron de encontrar su espacio, el fútbol mejoró, a los defensas dejó de medírseles por las muescas en su revólver y se avanzó hacia el buen gusto y la limpieza. Pero llegó la televisión, la cámara lenta, los juicios sumarísimos del día siguiente, los árbitros borrachos de reglamento, el VAR… y el fútbol se idiotizó. Pasó a ser otra cosa. De repente tíos como castillos, fibrados hasta las cejas y que se pesan la avena que pueden desayunar sufren tremendos desmayos ante un leve soplido mientras escenifican en el suelo la dramática muerte de Hamlet. Este fenómeno lo sufre como nadie esa raza de delanteros a la que pertenece Borja Iglesias. Gente de peso, que juega mucho tiempo de espaldas a la portería, difíciles de abarcar y mover para cualquier defensa. Para ellos existe un código diferente. Viven con un central subido a sus hombros durante todo el partido, se les encadena en las jugadas a balón parado y cada intento de control saben que trae implícito una cariñosa embestida del rival. Así se pasan los partidos ante el absentismo arbitral que sanciona un porcentaje mínimo de esas infracciones. Pero cuidado no se le ocurra a uno de estos delanteros manoseados de forma impúdica abrir un brazo de más por algo tan lógico como equilibrar el cuerpo, protegerse o tomar impulso para un salto. En ese momento corre el riesgo de acariciar con su mano al pegajoso central y dar pie a la posterior interpretación teatral que desencadena esa terrible secuencia que empieza con un árbitro echándose la mano a la oreja como hacía la Bruja Lola en televisión hace unos años.

Una acción así, propia de este fútbol pusilánime y bobo, condicionó al Celta la pasada semana ante el Olympique de Lyon (y tal vez el destino de la eliminatoria). Borja Iglesias se fue a la calle por una acción que no era más que un simple choque entre dos futbolistas que tratan de llegar antes a un balón, lo más habitual en un deporte que por algo se considera «de contacto». Pero otra vez el penalizado fue el delantero grandote con aspecto de estibador portuario, el eterno sospechoso a ojos de ese trío arbitral que mantuvo una misteriosa conversación de medio minuto antes de dictar sentencia. Esa decisión compromete más de lo previsto el duelo de este jueves en Francia en uno de esos partidos que corta la respiración del personal. Será una prueba de madurez para un equipo entusiasta que ayer en La Cartuja (el recuerdo doloroso de 2001 sigue ahí) volvió a dar razones para creer que nada es imposible para ellos. Se le escapó el triunfo que mereció, porque a veces el Celta considera ordinario eso de meter goles. Pero durante casi todo el partido silenciaron un estadio que por número y ambiente se parece mucho al que les espera en Lyon. Como escuché a uno de mis pesimistas de cabecera: «Joder, estos no paran de darnos razones para creer». Lo decía apesadumbrado por la esperanza que a esta hora se va apoderando de todo el mundo.

Derbi pro Bono

Llegó un nuevo derbi de balonmano gallego y por fin el Porriño encontró un guiño del destino después de semanas de zozobra permanente. Saltándome la debida neutralidad, les reconozco que me alegré por todo lo que han sufrido desde que dos de sus principales figuras dieron la espantada para marcharse a jugar a la liga rumana. Fue una decisión profesional pero que dejó una secuelas terribles de cara a lo que restaba de temporada. Ayer tuvieron un pequeño consuelo apuntándose el derbi gallego con el Guardés.

Loretto Petrucci, el «meteoro» de San Remo

El sábado llega la Milán-San Remo, la primera gran clásica de la temporada, el monumento que da la bienvenida a la primavera. Pogacar en busca de uno de esos objetivos que se le resisten. Con esa excusa les traigo la historia de Loretto Petrucci, un ciclista que encontró en esa carrera los mejores momentos de su vida. Aunque en torno a sus victorias (y sobre todo a su derrota de 1954) hay una historia de lealtad y traición que les recomiendo.

Hoy me iba a marchar con una recomendación de serie (ya saben de mi vicio) o un par de bromas sobre la renuncia de A Coruña a albergar el Mundial de 2030 que tanto celebraron por anticipado. Pero hoy por la mañana, mientras escribía esta newsletter, me llegó la noticia de la muerte de Fernando Franco, el brillante cronista social y cultural que ha tenido esta ciudad en los últimos cincuenta años. Gran compañero, personaje inimitable, vigués ejemplar…Fernando te dejaba fascinado en cuanto lo conocías, te seducía de mil formas diferentes con esa forma tan particular de encarar la vida. Así lo hizo con todo, también con la enfermedad que se lo ha llevado en Salamanca, donde dejamos pendiente comernos un día las croquetas de la abuela Manuela que hace mi amigo Jorge. Gracias por todo, Fernando, ha sido un lujo.

Vía: Faro de Vigo