Querer, gustar, creer
En el fútbol se desatan los monstruos que la época ha acunado. Pero también se concentran las emociones más puras, como la devoción que siente por el Celta Álex Fernández, un alumno del Centro Amencer, dedicado a personas con parálisis cerebral. Su sueño, conocer a ídolos como Aspas y Borja Iglesias.

Grada de Marcador llena de aficionados celeste al inicio del partido Celta - Olympique de Lyon en Balaídos. / Marta G. Brea
Armando Álvarez
El fútbol destila y condensa el material que la realidad le entrega. Los amigos se abrazan en las previas. Los enemigos se apalean por las calles. Las riadas acuden libremente a comulgar a Balaídos o estabuladas por las furgonetas policiales. Por entre las estrellas plateadas que brillan en la noche serpentea el piloto rojo del helicóptero que fiscaliza el entorno. Los cánticos se ametrallan o se silencian, también los ajenos, cuando Oliveira obra su magia, que los periodistas franceses graban. La pirotecnica azulada estalla como fuegos fatuos sobre la arboleda de cemento de Gol, cada vez más frondosa. El odio se esparce en las alamedas, que Allende auguraba nuevamente grandes y abiertas. El amor se siembra en las gradas, tapizándolas de carne. Igual florecen los besos al aire que los cristales rotos.
Álex Fernández, cuando dirige sus ojos a la pantalla que le permite relacionarse, encuentra celdas con verbos predeterminados, como querer, ayudar, escuchar. A veces da, tiene, puede y así lo expresa gracias al leve aleteo de sus pupilas. Habla de él/ella/eso o de nosotros. Pide más y dice bueno. No destesta ni desprecia. No envidia ni codicia. «Vivo en Redondela», indica entre sus frases comunes, a las que el aparato pone voz. «Me gusta Iago Aspas».
La parálisis cerebral ha confinado a Álex en una silla. Le impide hablar. La tecnología, un dispositivo de mensajes con pictogramas y con feedback auditivo, le permite superar esas barreras. «Es un niño muy alegre, empático, bromista. Y el mundo del fútbol le encanta», describe Ana Lago, una de sus logopedas en el Centro Amencer. Acota con conocimiento, siendo ella abonada celeste: «Es muy aficionado del Celta».
Álex, de 16 años, combinó Amencer con un colegio convencional hasta que llegó la mudanza al instituto. En el centro, gestionado por Aspace (Confederación Española de Asociaciones de Atención a las Personas con Parálisis Cerebral y discapacidades afines), ha coincidido con otros adolescentes igualmente celtistas. «Pero él es el más acérrimo», destaca Lago.
Álex, cada mañana después de un partido, repasa el resumen y vuelve a emocionarse con el griterío. Adora a Borja Iglesias además de a Aspas. También a Ilaix, Marcos Alonso, Williot... De Radu le entusiasman sus fotografías invirtiéndose. «Todo le encanta», compendia Ana. Ha ido algunas veces a Balaídos junto a su padre pero todavía no esta temporada. «Los horarios le están cuadrando mal. Hace mucho frío y él, a nivel respiratorio...».
Álex, en fin, no acudió ayer al estadio. «Lo ve. Hoy lo ve seguro», había pronosticado Lago durante la sobremesa. Hay que imaginarlo ante el televisor, celebrando como todo el celtismo el gol de Javi Rueda, sobrecogido por la expulsión de Borja Iglesias y emocionándose con cada despeje y cada parada de Radu. Y lamentando el desliz del balón bajo su guante cuando se divisaba la orilla, más que nunca sobre esa delgada frontera que separa el éxito del fracaso.
No desmayaron los espectadores, 21.673 según los tornos aunque parecieron duplicarse en el aliento, festejando con alboroto cada aventura de un céltico más allá de la medular. «Radu, Radu», le gritaron al portero tras el pitido final, para que se le curase la amargura. Concluido el himno tradicional y algún que otro coro moderno, un murmullo se fue elevando hasta convertirse en oleaje: «Sí se puede».
«Álex soña con comunicarse cos demais, que interactúen con el e, sobre todo, coñecer aos xogadores do seu Celta», habían escrito los periodistas Alfonso Hermida y Carlos Alberto Sánchez al difundir su historia. «Con axuda, imos facer moi feliz a Álex». El joven anhela conversar con Aspas o Borja, que lo visiten o tal vez acudir él mismo al final de un entrenamiento en Afouteza, en la furgoneta de Amencer, para tratarlos en persona. Les diría en tal caso, seguramente, que no se resignen ni asuman que en Lyon les aguarda una tarea imposible. Se lo señalaría dirigiendo sus risueños ojos al verbo que ha definido su existencia: creer.
Vía: Faro de Vigo
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